Inicio ·Noticias · Artículo

Venezolanos en Guayaquil, entre la infinita nostalgia y el trabajo diario

Redacción

jvite

|

Viernes 17 de Agosto de 2018 - 10:28
compártelo
  • Albert Nalabamchian Delgado y Ángel Zambrano Parra, en un local de hamburguesas del centro de Guayaquil. Foto: ecuavisa.com
Albert Nalabamchian Delgado y Ángel Zambrano Parra, en un local de hamburguesas del centro de Guayaquil. Foto: ecuavisa.com
Eran las décadas de los 80 y 90 en toda su plenitud, cuando los ecuatorianos estábamos rendidamente enamorados de las novelas venezolanas: sus enredos, sus historias, sus personajes, sus dramas, sus lágrimas, su cantadito…
 
Ahora es 2018 y los otrora grandes culebrones de esa tierra ya no llegan acá; de hecho, prácticamente, ya ni se hacen. A la fecha, el drama es real y es otro: la crisis económica y política de Venezuela lo ha devastado casi todo en esa tierra. 
 
Y por el triste destino de ese país mutilado, nuestra nación vuelve a oír, día con día, en muchas partes del territorio nacional, ese hablar cantarino, ese vocativo “chamo” adelante o al final de una frase, ese “vale”. Y se consolida un paralelismo entre esas décadas pasadas y el presente: el renacer de un drama, nada más que, esta vez, encarnado en personajes de a pie. Los miles de venezolanos que abandonan su patria y arriban a Ecuador persiguiendo un futuro. 
 
 
No son historias fáciles. De hecho, tratan de reescribirlas. Con sacrificio. Con sudor. 
 
Albert Nalabamchian Delgado y Ángel Zambrano Parra son ejemplo de desarraigo y de constante lucha. Tienen 26 y 25 años, respectivamente y vienen del estado Táchira, fronterizo con Colombia. Se hicieron amigos aquí en Guayaquil y viven en un departamentito del centro. Uno era militar y hoy labora en la atención y limpieza de una licorera y un bar; otro trabajaba en la agricultura y hoy cocina en un local de hamburguesas. 
 
“Vine por la crisis económica que estamos pasando en estos momentos en Venezuela. Todo el mundo sabe aquí en Ecuador que el sueldo mínimo allá más nada son 0,80 dólares (equivalente a 5.196.000 bolívares), no alcanza prácticamente el sueldo, pues. Ya un jabón vale 5.500.000 de bolívares, una harina vale 4.500.000 de bolívares. Ya todo está súper elevado para el sueldo mínimo, pues”, explica Albert con un tono de resignación. Recuerda que cuando se vino al Puerto Principal, allá ganaba aproximadamente 1,50 dólares mensuales.
 
Ángel lo reafirma en el mismo tono: “Yo salí de mi país porque uno trabajaba y trabajaba y ya no alcanzaba ni para comer. A veces, uno se calaba colas de un día y una noche por 2 libras de arroz y llegaba al supermercado y ya se acababa. El trabajo que yo tenía ya no podía porque ya no había insumos, no había cómo trabajar la tierra ni nada, ya no se conseguían productos agroquímicos. Todo eso en Venezuela quebró”. “Lo que ganaba yo creo que no llegaba ni a 1,50 dólares”, remata. 
 
 
Cuentan que no tenían otra opción, que llegaron a Ecuador a aventurarse. “Las personas fueron muy amables y nos gustó la ciudad y las personas y agradecido con los ecuatorianos por estar ayudándonos”, dicen mientras esbozan una tímida sonrisa.
 
En  Guayaquil trabajan y parte de lo ganado va para sus parientes. “Cuando tenemos, mandamos. Sí se envía, pero no una suma elevada, muy alta. Uno concuerda con el sueldo de uno de acá, lo que uno va a mandar para allá. Y así uno se estabiliza para que estén bien ellos allá y uno está bien acá”, explica Ángel. 
 
Al esfuerzo diario, Albert lo resume así: “No crean todo en fotos. En fotos uno coloca lo bonito, pero no se coloca lo feo. En Facebook uno coloca fotos bonitas, pero no sabe lo que uno se está matando la vida por aquí para ganarse lo poquito que uno tiene, pues”.
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 

Foto: ecuavisa.com
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
“Sí me hace falta Venezuela”
 
Preguntarles sobre Venezuela, su familia y la nostalgia es como dispararles una afilada interrogante de mármol, de plomo. “Los extraño porque sí, toda persona extraña a su país, pues. Estar en otro país en que no estás adecuado al trabajo, al clima, a las comidas, al trato… sí me hace falta Venezuela, pues, y cuando yo veo un venezolano, ahí yo le digo: ‘¡Venezuela, cuéntalo!’… Y entonces, coño, uno dice: ‘Venezuela, vale, cuándo yo estaré otra vez por allá”, exclama Albert mientras estaciona su mirada en el aire. 
 
“Me da nostalgia por mi familia, porque cuando dicen Venezuela uno se imagina cómo estarán ellos allá, si por lo menos estarán bien o estarán mal. Por más que esté aquí uno es un apoyo para ellos, pero no es igual que estar con la familia de uno. Y también queremos el país porque es la tierra de uno, pero hasta que las cosas no estén bien no podemos regresar allá”, repasa Ángel sin mirar a la cara. 
 
Cuando llega el momento de referirse a Nicolás Maduro, el presidente de su país, a Albert se le mete un suspiro hondísimo en su ser, un suspiro con garras. Lo hiere. “Ay no, Dios. Cada día me decepciono más de ese hombre, cada vez que yo lo escucho hablar, me decepciono más. No sabe la ignorancia que dice su boca, pues”.
 
Para Ángel, la política y la revolución son un trago amarguísimo. “Si ando con un amigo ecuatoriano, me da vergüenza decir que tenemos un presidente como ese. En unas elecciones pasadas, él ganó y yo no vi ninguna persona votando, no sé. Es un corrupto, prácticamente, porque mire cómo nos tiene a todos fuera de la familia, ve lo que está pasando y lo que hace es hablar de revolución, de política y no soluciona nada. Eso no es un presidente, tiene que irse ese loco”, exige. 
 
Días antes de que Albert y Ángel conversaran con Ecuavisa.com, el Gobierno de Ecuador decretó estado de emergencia migratoria en provincias limítrofes con Perú y Colombia, debido al aumento del flujo de venezolanos en el país. Las autoridades manejan una cifra diaria de 4.200. Sí, 4.200. Albert reflexiona: “Nunca hay que decir que no. Si quieren venir, ahí, poco a poco, Perú, Chile, Ecuador nos están dando la mano, pues, y si ven que Venezuela está jodida, como uno dice allá en venezolano, pues, qué más toca. No se va uno a morir de hambre allá. Bueno, los apoyo. ¿Y qué más se puede hacer? Venirse y trabajar”… “Trabajar, trabajar”… 
 
En ese instante, Ángel se cola en la respuesta para machacar ese verbo que es su brújula: “Trabajar, trabajar”… Son un coro. “Aquí lo que uno viene es a trabajar y a más nada, siempre honradamente y humildemente, como hicimos nosotros, pues”.
 
Ángel se anima con un mensaje dedicado a sus compatriotas que arriban a Ecuador. “Mis amigos, todos los que vienen de Venezuela para acá, mis mejores deseos y que todo les salga bien y suerte. Por lo mismo pasamos nosotros y aquí estamos, nunca nos damos por vencidos”. 

 
La crisis en la clase media
 

Pablo Moreno Urbina, al pie del restaurante en el que labora. Foto: ecuavisa.com
 
 
Pablo Moreno Urbina viene de Mérida, en los andes venezolanos, y tiene 29 años. Es Licenciado en Historia con una especialización en Archivología. Trabajaba en Caracas en una empresa privada de seguros de medicina prepagada. También le tocó la crisis y, como todos, se vio afectado. "Y decidí venirme, con lo poco que pude haber ahorrado”.
 
Su salario mensual equivalía a 60 dólares. “Alcanzaba solo para comer y ni siquiera para vestirte. O comías o te vestías. Ya se había vuelto un poco complicado y yo venía de una familia no que sea adinerada, pero con lo poco que nos dieron nos enseñaron a vivir bien”, recuerda Pablo, que también hacía comerciales y representaba personajes de extra en las telenovelas de su país.  
 
Llegó a Guayaquil el 22 de marzo de 2017. La experiencia lo impactó. “Fue fuerte porque no tenía un trabajo estable, fui un vendedor ambulante en la calle, pero siempre con la humildad y ganándome honradamente lo que necesitaba”. 
 
Vio a Ecuador como puente para ir a Chile. Iba a probar suerte: “Si me iba bien me quedaba, si no me iba a Chile. Después cambiaron las cosas. Hace un año, buscando empleo que no conseguía, ya no me iba a Chile, me iba a Buenos Aires donde unos familiares, pero salió una oportunidad de trabajo y decidí quedarme”, cuenta ahora Pablo envuelto en parsimonia.
 
Actualmente, Pablo es socio con un ecuatoriano de un asadero de pollos en el centro de Guayaquil. “He progresado tanto que me traje a mi familia, a mi hermana, a mi cuñado, a mi sobrino. Puedo ahorrar, tengo una vida estable y estoy bien”, repasa. Solo quedan sus padres en Venezuela, a los que, en promedio, les envía unos 100 dólares mensuales. 
 
 
Valiente el que se queda y el que se va
 

Pensar en Venezuela se hace en tiempo pasado y presente. “Todos los días extraño a mi país. Por más de que estés bien o que conozcas gente, extrañas tu gente, extrañas tus costumbres… Nos tocó vivir esto. He escuchado una frase por allí que dice que es de valientes quedarse, pero también es de valientes irse. No es fácil para ninguno, no creo que sea menos valiente el que se queda ni menos valiente el que se va”, dice. 
 
Al comienzo, se deprimía porque llegó con sus amigos y luego ellos se fueron a distintos países. “Al principio, la soledad sí te pega, pero creo que ahí es donde tú creces como persona. Creo que valió la pena todo ese esfuerzo”, sopesa Pablo sentado en una de las mesas del restaurante mientras afuera el sol está encendido y el centro es un bullicio.
 
Sobre Nicolás Maduro, Moreno no oculta sus sentimientos. “Te da todo, te da impotencia. Es por él que estamos afuera, es por él que estamos pasando necesidades. Esa cantidad de venezolanos que está migrando y que en el puente Rumichaca están durmiendo hasta en el piso. Parecemos los de Siria, pues, huyendo de una guerra civil porque así se ve, así lo veo yo”. Es la llaga abierta por el éxodo. “A tantos millones de venezolanos que están afuera creo que les debe representar la mayor repulsión porque ha alejado a familias, ha separado a esposos, ha separado a hijos de sus padres”, lamenta.
 
Pablo siente que ha forjado ya un vínculo fuerte con Ecuador, con Guayaquil. “Aquí estoy mejor, aquí tienes medicinas, comida, una mejor calidad de vida que te ofrece". Incluso, hasta ha grabado hasta un comercial acá. 
 
¿Regresaría algún día a Venezuela? “Volvería, pero Ecuador seguiría siendo mi otra casa donde vivir. Iría como negocio o inversión, si cambia el gobierno; mientras esté el actual, iría solo de visita o a ver a mi familia. Si cambia, sí iría, no sé si me quedaría”, responde exhalando duda.
 
Pablo saca lecciones de la crisis económica y política que destripa a su tierra: “Nos tocó vivir esto y que nos sirva de experiencia para dar a conocer a los países donde estamos llegando que por una mala elección de un populismo absurdo a lo que nos ha llevado. (...) creo que estamos dando un mensaje al mundo, no solamente es un éxodo de venezolanos en Sudamérica, estamos en todo el mundo. Saquemos lo mejor de nosotros, sabemos que hay ciertas campañas de xenofobia, pero demos a conocer lo mejor de uno”.
 
 

Eran las décadas de los 80 y 90 en toda su plenitud, cuando los ecuatorianos estábamos rendidamente enamorados de las novelas venezolanas: sus enredos, sus historias, sus personajes, sus dramas, sus lágrimas, su cantadito…

 

Ahora es 2018 y los otrora grandes culebrones de esa tierra ya no llegan acá; de hecho, prácticamente, ya ni se hacen. A la fecha, el drama es real y es otro: la crisis económica y política de Venezuela lo ha devastado casi todo en esa tierra. 

 

Y por el triste destino de ese país mutilado, nuestra nación vuelve a oír, día con día, en muchas partes del territorio nacional, ese hablar cantarino, ese vocativo “chamo” adelante o al final de una frase, ese “vale”. Y se consolida un paralelismo entre esas décadas pasadas y el presente: el renacer de un drama, nada más que, esta vez, encarnado en personajes de a pie. Los miles de venezolanos que abandonan su patria y arriban a Ecuador persiguiendo un futuro. 

 

Lea también: La historia de una venezolana: de periodista a vendedora ambulante

 

No son historias fáciles. De hecho, tratan de reescribirlas. Con sacrificio. Con sudor. 

 

Albert Nalabamchian Delgado y Ángel Zambrano Parra son ejemplo de desarraigo y de constante lucha. Tienen 26 y 25 años, respectivamente y vienen del estado Táchira, fronterizo con Colombia. Se hicieron amigos aquí en Guayaquil y viven en un departamentito del centro. Uno era militar y hoy labora en la atención y limpieza de una licorera y un bar; otro trabajaba en la agricultura y hoy cocina en un local de hamburguesas.  

“Vine por la crisis económica que estamos pasando en estos momentos en Venezuela. Todo el mundo sabe aquí en Ecuador que el sueldo mínimo allá más nada son 0,80 dólares (equivalente a 5.196.000 bolívares), no alcanza prácticamente el sueldo, pues. Ya un jabón vale 5.500.000 de bolívares, una harina vale 4.500.000 de bolívares. Ya todo está súper elevado para el sueldo mínimo, pues”, explica Albert con un tono de resignación. Recuerda que cuando se vino al Puerto Principal, allá ganaba aproximadamente 1,50 dólares mensuales. 

Ángel lo reafirma en el mismo tono: “Yo salí de mi país porque uno trabajaba y trabajaba y ya no alcanzaba ni para comer. A veces, uno se calaba colas de un día y una noche por 2 libras de arroz y llegaba al supermercado y ya se acababa. El trabajo que yo tenía ya no podía porque ya no había insumos, no había cómo trabajar la tierra ni nada, ya no se conseguían productos agroquímicos. Todo eso en Venezuela quebró”. “Lo que ganaba yo creo que no llegaba ni a 1,50 dólares”, remata. 

 

Lea también: Lago Agrio, otra puerta de entrada para los venezolanos

 

Cuentan que no tenían otra opción, que llegaron a Ecuador a aventurarse. “Las personas fueron muy amables y nos gustó la ciudad y las personas y agradecido con los ecuatorianos por estar ayudándonos”, dicen mientras esbozan una tímida sonrisa.

 

En  Guayaquil trabajan y parte de lo ganado va para sus parientes. “Cuando tenemos, mandamos. Sí se envía, pero no una suma elevada, muy alta. Uno concuerda con el sueldo de uno de acá, lo que uno va a mandar para allá. Y así uno se estabiliza para que estén bien ellos allá y uno está bien acá”, explica Ángel. 

 

Al esfuerzo diario, Albert lo resume así: “No crean todo en fotos. En fotos uno coloca lo bonito, pero no se coloca lo feo. En Facebook uno coloca fotos bonitas, pero no sabe lo que uno se está matando la vida por aquí para ganarse lo poquito que uno tiene, pues”.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Foto: ecuavisa.com

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

“Sí me hace falta Venezuela”

 

Preguntarles sobre Venezuela, su familia y la nostalgia es como dispararles una afilada interrogante de mármol, de plomo. “Los extraño porque sí, toda persona extraña a su país, pues. Estar en otro país en que no estás adecuado al trabajo, al clima, a las comidas, al trato… sí me hace falta Venezuela, pues, y cuando yo veo un venezolano, ahí yo le digo: ‘¡Venezuela, cuéntalo!’… Y entonces, coño, uno dice: ‘Venezuela, vale, cuándo yo estaré otra vez por allá”, exclama Albert mientras estaciona su mirada en el aire.  

“Me da nostalgia por mi familia, porque cuando dicen Venezuela uno se imagina cómo estarán ellos allá, si por lo menos estarán bien o estarán mal. Por más que esté aquí uno es un apoyo para ellos, pero no es igual que estar con la familia de uno. Y también queremos el país porque es la tierra de uno, pero hasta que las cosas no estén bien no podemos regresar allá”, repasa Ángel sin mirar a la cara. 

 

Cuando llega el momento de referirse a Nicolás Maduro, el presidente de su país, a Albert se le mete un suspiro hondísimo en su ser, un suspiro con garras. Lo hiere. “Ay no, Dios. Cada día me decepciono más de ese hombre, cada vez que yo lo escucho hablar, me decepciono más. No sabe la ignorancia que dice su boca, pues”.

 

Para Ángel, la política y la revolución son un trago amarguísimo. “Si ando con un amigo ecuatoriano, me da vergüenza decir que tenemos un presidente como ese. En unas elecciones pasadas, él ganó y yo no vi ninguna persona votando, no sé. Es un corrupto, prácticamente, porque mire cómo nos tiene a todos fuera de la familia, ve lo que está pasando y lo que hace es hablar de revolución, de política y no soluciona nada. Eso no es un presidente, tiene que irse ese loco”, exige. 

 

Días antes de que Albert y Ángel conversaran con Ecuavisa.com, el Gobierno de Ecuador decretó estado de emergencia migratoria en provincias limítrofes con Perú y Colombia, debido al aumento del flujo de venezolanos en el país. Las autoridades manejan una cifra diaria de 4.200. Sí, 4.200. Albert reflexiona: “Nunca hay que decir que no. Si quieren venir, ahí, poco a poco, Perú, Chile, Ecuador nos están dando la mano, pues, y si ven que Venezuela está jodida, como uno dice allá en venezolano, pues, qué más toca. No se va uno a morir de hambre allá. Bueno, los apoyo. ¿Y qué más se puede hacer? Venirse y trabajar”… “Trabajar, trabajar”…  

En ese instante, Ángel se cola en la respuesta para machacar ese verbo que es su brújula: “Trabajar, trabajar”… Son un coro. “Aquí lo que uno viene es a trabajar y a más nada, siempre honradamente y humildemente, como hicimos nosotros, pues”.

 

Ángel se anima con un mensaje dedicado a sus compatriotas que arriban a Ecuador. “Mis amigos, todos los que vienen de Venezuela para acá, mis mejores deseos y que todo les salga bien y suerte. Por lo mismo pasamos nosotros y aquí estamos, nunca nos damos por vencidos”.  

La crisis en la clase media

 

Pablo Moreno Urbina, al pie del restaurante en el que labora. Foto: ecuavisa.com

 

 

Pablo Moreno Urbina viene de Mérida, en los andes venezolanos, y tiene 29 años. Es Licenciado en Historia con una especialización en Archivología. Trabajaba en Caracas en una empresa privada de seguros de medicina prepagada. También le tocó la crisis y, como todos, se vio afectado. "Y decidí venirme, con lo poco que pude haber ahorrado”.

 

Su salario mensual equivalía a 60 dólares. “Alcanzaba solo para comer y ni siquiera para vestirte. O comías o te vestías. Ya se había vuelto un poco complicado y yo venía de una familia no que sea adinerada, pero con lo poco que nos dieron nos enseñaron a vivir bien”, recuerda Pablo, que también hacía comerciales y representaba personajes de extra en las telenovelas de su país.  

 

Llegó a Guayaquil el 22 de marzo de 2017. La experiencia lo impactó. “Fue fuerte porque no tenía un trabajo estable, fui un vendedor ambulante en la calle, pero siempre con la humildad y ganándome honradamente lo que necesitaba”. 

 

Vio a Ecuador como puente para ir a Chile. Iba a probar suerte: “Si me iba bien me quedaba, si no me iba a Chile. Después cambiaron las cosas. Hace un año, buscando empleo que no conseguía, ya no me iba a Chile, me iba a Buenos Aires donde unos familiares, pero salió una oportunidad de trabajo y decidí quedarme”, cuenta ahora Pablo envuelto en parsimonia.

 

Actualmente, Pablo es socio con un ecuatoriano de un asadero de pollos en el centro de Guayaquil. “He progresado tanto que me traje a mi familia, a mi hermana, a mi cuñado, a mi sobrino. Puedo ahorrar, tengo una vida estable y estoy bien”, repasa. Solo quedan sus padres en Venezuela, a los que, en promedio, les envía unos 100 dólares mensuales.  

 

Valiente el que se queda y el que se va

 

Pensar en Venezuela se hace en tiempo pasado y presente. “Todos los días extraño a mi país. Por más de que estés bien o que conozcas gente, extrañas tu gente, extrañas tus costumbres… Nos tocó vivir esto. He escuchado una frase por allí que dice que es de valientes quedarse, pero también es de valientes irse. No es fácil para ninguno, no creo que sea menos valiente el que se queda ni menos valiente el que se va”, dice. 

 

Al comienzo, se deprimía porque llegó con sus amigos y luego ellos se fueron a distintos países. “Al principio, la soledad sí te pega, pero creo que ahí es donde tú creces como persona. Creo que valió la pena todo ese esfuerzo”, sopesa Pablo sentado en una de las mesas del restaurante mientras afuera el sol está encendido y el centro es un bullicio.

 

Sobre Nicolás Maduro, Moreno no oculta sus sentimientos. “Te da todo, te da impotencia. Es por él que estamos afuera, es por él que estamos pasando necesidades. Esa cantidad de venezolanos que está migrando y que en el puente Rumichaca están durmiendo hasta en el piso. Parecemos los de Siria, pues, huyendo de una guerra civil porque así se ve, así lo veo yo”. Es la llaga abierta por el éxodo. “A tantos millones de venezolanos que están afuera creo que les debe representar la mayor repulsión porque ha alejado a familias, ha separado a esposos, ha separado a hijos de sus padres”, lamenta.

 

Pablo siente que ha forjado ya un vínculo fuerte con Ecuador, con Guayaquil. “Aquí estoy mejor, aquí tienes medicinas, comida, una mejor calidad de vida que te ofrece". Incluso, hasta ha grabado hasta un comercial acá.  

¿Regresaría algún día a Venezuela? “Volvería, pero Ecuador seguiría siendo mi otra casa donde vivir. Iría como negocio o inversión, si cambia el gobierno; mientras esté el actual, iría solo de visita o a ver a mi familia. Si cambia, sí iría, no sé si me quedaría”, responde exhalando duda.

 

Pablo saca lecciones de la crisis económica y política que destripa a su tierra: “Nos tocó vivir esto y que nos sirva de experiencia para dar a conocer a los países donde estamos llegando que por una mala elección de un populismo absurdo a lo que nos ha llevado. (...) creo que estamos dando un mensaje al mundo, no solamente es un éxodo de venezolanos en Sudamérica, estamos en todo el mundo. Saquemos lo mejor de nosotros, sabemos que hay ciertas campañas de xenofobia, pero demos a conocer lo mejor de uno”.

 

 

Formulario vía emBluemail
SUSCRÍBETE Y RECIBE LOS TITULARES
Le recomendamos