Se cumplen 10 años de la explosión del polvorín en Riobamba

Riobamba vivió 16 horas de terror. El 20 de noviembre del 2002 explotó el polvorín de la Brigada Blindada Galápagos, donde estaba el arsenal más grande del país. El 60 por ciento de la ciudad quedó devastada.

Se cumplen 10 años de la explosión del polvorín en Riobamba
20 Noviembre, 2012, 2:48 am
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Riobamba vivió 16 horas de terror. El 20 de noviembre del 2002 explotó el polvorín de la Brigada Blindada Galápagos, donde estaba el arsenal más grande del país. El 60 por ciento de la ciudad quedó devastada.

Merlyn Ochoa viajó al sitio y conversó con algunas de las personas que quedaron marcadas y con secuelas graves e imborrables.

Uno de ellos es Manuel Hidalgo, de 42 años. Sus huesos poco a poco se encogen como un acordeón. Hace 10 años y por la onda expansiva, Manuel cayó de espalda desde un segundo piso. Su columna se destrozó y ahora el 70 por ciento de su cuerpo no se mueve.

Está atado a costosos tratamientos que por su pobreza no puede cubrir.

El hospital militar solo lo ayudó un año, luego lo enviaron a un centro de salud, porque ya no había tratamiento para él. Su madre no soporta ver así a su hijo en ese estado.

Una década después, los 650 afectados de la explosión esperan todavía ser indemnizados tal como lo estableció un decreto del entonces presidente Gustavo Noboa.

Ninguno de los responsables de la explosión continúa en sus funciones, de hecho ya fueron jubilados.

En un espacio de 600 metros cuadrados funcionaban los dos hangares donde estaban miles de estos explosivos. Luego de la tragedia quedó un cráter de seis metros de profundidad. Ahora el lugar es un campo donde diariamente entrenan cientos de uniformados.

A pocos metros del cuartel reparado viven María Fernanda Yersi y Paúl Yépez. Ahora son jóvenes, pero eran niños cuando fueron afectados.

Para María Fernanda el estallido de los vidrios de la ventana que partieron su cara es un recuerdo imborrable. Sus padres pagaron tres operaciones de más de 10 mil dólares y el Estado solo les dio 1.500. Mientras Paúl espera por una operación en uno de sus oídos, que se reventó.

No hay autoridad que responda por estos daños. Sin embargo el alcalde de Riobamba, Juan López, sale al paso y se compromete a dignificar a los heridos, pero no deja de ser solo una promesa.

Manuel, María Fernanda y Paúl sienten sus vidas quebradas. La explosión militar de aquel 20 de noviembre les marcó la vida y nunca recibieron tratamientos de ningún tipo. Sin duda, una deuda que el Estado mantiene pendiente.

Riobamba vivió 16 horas de terror. El 20 de noviembre del 2002 explotó el polvorín de la Brigada Blindada Galápagos, donde estaba el arsenal más grande del país. El 60 por ciento de la ciudad quedó devastada.

Merlyn Ochoa viajó al sitio y conversó con algunas de las personas que quedaron marcadas y con secuelas graves e imborrables.

Uno de ellos es Manuel Hidalgo, de 42 años. Sus huesos poco a poco se encogen como un acordeón. Hace 10 años y por la onda expansiva, Manuel cayó de espalda desde un segundo piso. Su columna se destrozó y ahora el 70 por ciento de su cuerpo no se mueve.

Está atado a costosos tratamientos que por su pobreza no puede cubrir.

El hospital militar solo lo ayudó un año, luego lo enviaron a un centro de salud, porque ya no había tratamiento para él. Su madre no soporta ver así a su hijo en ese estado.

Una década después, los 650 afectados de la explosión esperan todavía ser indemnizados tal como lo estableció un decreto del entonces presidente Gustavo Noboa.

Ninguno de los responsables de la explosión continúa en sus funciones, de hecho ya fueron jubilados.

En un espacio de 600 metros cuadrados funcionaban los dos hangares donde estaban miles de estos explosivos. Luego de la tragedia quedó un cráter de seis metros de profundidad. Ahora el lugar es un campo donde diariamente entrenan cientos de uniformados.

A pocos metros del cuartel reparado viven María Fernanda Yersi y Paúl Yépez. Ahora son jóvenes, pero eran niños cuando fueron afectados.

Para María Fernanda el estallido de los vidrios de la ventana que partieron su cara es un recuerdo imborrable. Sus padres pagaron tres operaciones de más de 10 mil dólares y el Estado solo les dio 1.500. Mientras Paúl espera por una operación en uno de sus oídos, que se reventó.

No hay autoridad que responda por estos daños. Sin embargo el alcalde de Riobamba, Juan López, sale al paso y se compromete a dignificar a los heridos, pero no deja de ser solo una promesa.

Manuel, María Fernanda y Paúl sienten sus vidas quebradas. La explosión militar de aquel 20 de noviembre les marcó la vida y nunca recibieron tratamientos de ningún tipo. Sin duda, una deuda que el Estado mantiene pendiente.

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