Ecuador tiene su laboratorio en la Antártida

Cientificos ecuatorianos tomando muestras para investigaciones
11 sep 2014 , 03:03
Redacción

Ecuador decide hacer investigaciones todo el año en el lugar más frío del planeta, La Antártida.

Es una experiencia sobrecogedora navegar en las aguas que rodean el lugar más frío, seco y ventoso del planeta Tierra, la Antártida, el llamado sexto continente: un bloque de hielo de más de 14 millones de kilómetros cuadrados y apenas un dos por ciento descubre su tierra rocosa.

Su aire es el más puro y sus animales los más valientes por su asombrosa capacidad de sobrevivir a un clima extremo.  Y justamente son las duras condiciones del tiempo lo que ha ayudado a la Antártida a conservarse de los efectos devastadores del ser humano.

Hay que entrar al Polo Sur por el lugar más accesible, la Patagonia Chilena. Y de allí un viaje hasta la Península Antártica.

Corre el verano austral, entre los meses de diciembre a marzo, donde el tiempo da tregua para conocer este continente virgen. En el invierno, las aguas del océano Antártico que lo rodea se congela, lo que lo hace aún más impenetrable.

Después de navegar cuatro horas en el buque Viel de la Armada Chilena, en un agitado viaje por las aguas más violentas del mundo, se pisa tierra en la Isla Greenwich, donde está la base científica ecuatoriana Pedro Vicente Maldonado, en honor al científico riobambeño que colaboró con la misión Geodésica Francesa y se destacó por sus conocimientos en astronomía y geografía.

Allí espera a Vistazo el equipo logístico de la Armada del Ecuador, que cada año llega a la isla desde diciembre para preparar la infraestructura de la base y recibir a los científicos que llegarán en tres grupos por períodos de 25 días.

 

Fue una de esas buenas casualidades. En 1828 Simón Bolívar envió a reforzar la Fuerza Naval del departamento de la Gran Colombia, lo que hoy es Ecuador. Así que dos fragatas salieron desde Nueva York hacia Guayaquil, una de ellas la denominada Colombia. Al navegar hacia el sur del continente americano, sin saberlo, se encontraron en aguas antárticas.

Pero no fue hasta 1987, después de que el Congreso Nacional aprobara el ingreso del Ecuador al Tratado Antártico, que zarpó la primera expedición ecuatoriana hacia el continente blanco.  Lo hicieron en el buque Orión al inicio del verano austral de 1987. Viajaban 60 tripulantes que tardaron 92 días en llegar, después de pasar vientos huracanados de 40 nudos y olas de siete metros.

La segunda misión a la Antártida zarpó en 1989.  El objetivo era construir la primera parte de la Base Ecuatoriana Pedro Vicente Maldonado que estuvo lista en marzo de 1990. Pero incluso así no era utilizada, excepto cuando llegaban científicos del Instituto Oceanográfico, Inocar, para estudiar los cambios climáticos y las distintas especies que alberga el mar Austral.

La soberanía ecuatoriana en el Polo Sur no se tomó en serio hasta  2004, cuando se creó el Instituto Antártico Ecuatoriano (INAE) adscrito a la Armada Nacional, que terminó la construcción de los camarotes, el área de reciclaje y el laboratorio, con el fin de cumplir con las disposiciones del Tratado Antártico, entre ellas, “defender la libertad para la ciencia y su utilización para fines exclusivamente pacíficos”.

El continente blanco es uno de los más extraordinarios laboratorios científicos de la Tierra y prácticamente inexplorado.Este equipo periodístico es parte del último grupo de 2014. La misión, además, será cerrar la base hasta el siguiente verano, lo que no es una tarea sencilla y solo se la comprende al final de la expedición.

En el grupo también están cinco científicos de universidades ecuatorianas y cuatro del Instituto Venezolano de Investigaciones Científicas, y se ha unido un equipo de ingenieros del Instituto Geográfico Militar del Ecuador. Ellos levantarán –en esta expedición- el mapa cartográfico de la Punta Fort Williams, el lugar exacto del territorio ecuatoriano en la Antártida.

 

 Un pequeño hogar en medio de un desierto blanco es la base ecuatoriana Pedro Vicente Maldonado. Tiene una sala con un televisor grande en el que se gastan películas de todos los gustos y épocas para matar el aburrimiento cuando el mal tiempo no permite salir. También hayun comedor y una cocina con una surtida alacena de productos para preparar las comidas típicas. El chef posee todos los implementos para cocinar guatita o cebiche. No escatiman en los alimentos porque han estudiado que es un buen mecanismo para mantener arriba los ánimos del personal logístico que está lejos de su familia, en medio de la nada, durante seis meses.

El Internet es limitado. Solo se pueden conectar media hora, tres veces al día, para recibir y enviar correos electrónicos sin fotos ni documentos adjuntos. Lo que nos provocaba un poco de ansiedad por no poder mostrar al mundo las maravillas de la Antártida.

Sobre el hielo labrado por el viento, los científicos, al igual que los exploradores, buscan fósiles, rocas, plantas, microorganismos que les aporte en sus teorías.

Ellos son parte del programa de investigaciones científicas de Ecuador en la Antártida que promueve el INAE desde el 2010, convocando cada año a las Universidades para que presenten proyectos, bajo cuatro ejes prioritarios: Medio Ambiente, Interacción Ecuador-Antártida, Cambio Climático y sobre Tecnologías aplicadas a la Antártida.

En la expedición número 18 se trabajó en cuatro investigaciones. Una de ellas, de la oceanógrafa Débora Simon y el biólogo marino Eduardo Revolledo, de las Universidades Técnica de Manabí y Católica de Esmeraldas, respectivamente. Pretenden calcular la cantidad de CO2 que produce el océano para ponerle un valor. “Así como se da importancia a los bosques como captadores de CO2 y producción de oxígeno, lo mismo hace el océano y aún mayor, por su área y su eficiencia”, explica Simon.

Son servicios ambientales que en el mercado de la bolsa se venden como bonos azules. El mecanismo es similar al que se propuso para el Yasuní. Se da un valor al océano y los países pagan para que esa masa de agua no se explote, se preserve y así se contamine menos.

Los proyectos de investigación, que pueden durar máximo tres años, son financiados por la Senescyt, con un presupuesto anual aproximado de un millón de dólares.

 

Pero a más de las investigaciones que se puedan hacer, para el Vicealmirante Luis Jaramillo Arias, Comandante General de la Marina, quien estuvo varios días en la última expedición, la base Pedro Vicente Maldonado es parte de una estrategia geopolítica sobre los mares ecuatorianos. “Buscamos que la estación sea permanente, porque la investigación juega un rol protagónico en el desarrollo de los pueblos. El INAE ha recibido apoyo incondicional del Gobierno.Y Ecuador tiene presencia aquí, en la Antártida, ya dentro del contexto mundial. Este es un laboratorio desde donde podemos tener una visión muy clara de nuestro mar y saber qué podemos hacer con nuestros recursos”.

Tierra de nadie y de todos. La Antártida es un factor importante para todos los países y para el planeta: debajo de sus capas de hielo se guarda la reserva más importante de agua dulce del planeta. Y aunque poco se dice, también se ha determinado la existencia de petróleo, hierro y cobre.

Después de 25 días, hay que empacar. El proceso del cierre de la base ecuatoriana inicia tres días antes de partir. Al compartir la experiencia con marinos la agenda no es flexible. Limpiar los camarotes, el laboratorio, rotular el equipaje, entregar informes sobre nuestra estadía, mientras se van cortando los servicios, el agua, la luz, y el más terrible: la calefacción.

Superando el frío y con la preocupación que significa atravesar nuevamente el temible océano Austral, vuelven las ansias por retornar y contar cada detalle sobre este pedazo de Ecuador blanco en el extremo sur del continente.