¿Qué puede llevar a una mujer a vender a su bebé por US$80?

Adama tiene una vida que vivir en su pueblo.
15 dic 2020 , 08:34
BBC News Mundo

Adama tiene una vida que vivir en su pueblo. "La vida ha sido muy dura", digo.

Una investigación de la BBC sobre el creciente negocio del tráfico de bebés en Nairobi, la capital de Kenia, llevó a la policía a arrestar a siete personas.

Sin embargo, ¿dónde queda la historia de las mujeres que estaban al otro lado de este tráfico de niños?

En otras palabras: ¿qué lleva a una madre a vender a su hijo o hija por US$80?

Adama cuenta que su vida era más sencilla cuando todavía tenía a sus padres. Aunque no tenía mucho dinero y sus opciones eran escasas, había un orden de cosas que tenía sentido: iba a la escuela y le gustaba. No tenía grandes preocupaciones.

Cuando tenía 12 años, su padre murió. Y pocos años después también falleció su madre.


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"La vida se volvió muy dura. Tuve que dejar la escuela para poder sobrevivir", le cuenta a la BBC desde la pequeña localidad rural donde vive, en el occidente de Kenia.

A los 22 años quedó embarazada. El padre de la pequeña murió tres días después de que ella dio a luz. Su soledad se profundizó. Ella cuidó a su beba cuando le diagnosticaron a una enfermedad infantil, que logró superar después de los 18 meses.

Abandono

Entonces se vio en la necesidad de comenzar a ganar algo de dinero.

Adama dejó a la niña con su abuela y se mudó a Nairobi para buscar trabajo.

"Ten presente que vas a tener que buscar la manera de estar con tu hija", le advirtió la abuela antes de despedirse.

Adama llegó a Nairobi y comenzó a vender melones en la calle, pero eso no le alcanzaba para pagar un lugar para vivir en la ciudad y enviar dinero para su hija.

La vida en la ciudad además era muy dura. Muestra una cicatriz que tiene en la parte alta de su cabeza: una huella que le dejó aquella vez que tuvo que defenderse de un ataque.

"Algunos hombres querían jugar conmigo y en un momento tuve que defenderme", relata.

Después obtuvo empleo en la construcción, pero no le pagaron. Entonces de ahí pasó a un club nocturno, donde le pidió a su jefe que le enviara lo que ganaba directamente a la abuela de la niña.

Después de un tiempo, Adama tomó una porción de su sueldo para alquilar un lugar donde vivir.

    Más tarde, consiguió un puesto en una construcción con mejores condiciones laborales. También conoció a un hombre. Comenzaron a salir y al poco tiempo él le dijo que quería tener un hijo con ella.

    Ella le propuso un trato: si ella podía traer a su hija para vivir todos juntos, entonces tendría un hijo con él. El hombre aceptó. Durante los cinco primeros meses que ella estuvo en embarazo, él pagó el alquiler, las cuentas de la casa y la comida.

    Mientras tanto, Adama esperaba el momento adecuado para traer a su hija a la ciudad.

    Pero un día, el hombre se fue y no regresó más a la casa.

    Muchas mujeres saben de la ansiedad de traer un hijo al mundo conscientes de que no tienen dinero suficiente para alimentarlo. En el caso de Adama, ya eran dos: su hija y el bebé que estaba en camino.

    A pesar de eso, la mayoría de ellas nunca contemplaría vender su bebé a un extraño.

    Pero, para algunas madres sumidas en la pobreza en Kenia, entregar a sus hijos a los traficantes se ha convertido en un último recurso para sobrevivir.

    Tal vez lo más sorprendente es que los traficantes pagan sumas ínfimas por llevarse a los menores.

    Sarah tenía 17 cuando quedó embarazada de su segundo hijo y dice que no tenía cómo sostenerlo.

    Así, se lo vendió a una mujer que le ofreció 3.000 chelines kenianos. Unos US$30.

    "En ese momento yo era joven, nunca pensé que lo que estaba haciendo estaba mal", cuenta.

    "Después de cinco años me di cuenta de mi error y quería devolverle el dinero", agrega.

    Sarah señala que sabe de otras mujeres que han vendido a sus bebés por sumas similares.

    "Muchas venden a sus bebés debido a los desafíos que enfrentan. Tal vez su mamá la ha echado de casa y no tiene donde vivir, o todavía estaba en la escuela cuando quedó embarazada. Esos son problemas demasiado grandes para una niña de 15 o 16 años", relata Sarah.

    Kenia tiene una de las mayores tasas de embarazo adolescente en África y los expertos en salud dicen que el problema ha empeorado durante la pandemia del covid-19, donde muchas mujeres han tenido que abandonar la escuela y algunas han buscado empleo en la prostitución.

    "He escuchado tantas historias de mujeres y niñas en esta situación. Las mujeres jóvenes llegan a las ciudades en busca de trabajo, entablan relaciones, conciben y son abandonadas por el padre de sus hijos", dijo Prudence Mutiso, abogada de derechos humanos de Kenia especializada en protección infantil y derechos reproductivos.

    "Si el padre no paga, entonces estas mujeres y niñas tienen que encontrar otras formas de conseguir esos ingresos. Y eso es lo que las impulsa a estos vendedores de bebés, para conseguir algún dinero para mantenerse a sí mismas y tal vez a los hijos que ya tienen en casa. La gente no habla de esto abiertamente, pero está ahí", añade Mutiso.

    Adama escondió su embarazo mientras pudo en la obra donde trabajaba, hasta que ya no pudo cargar más bultos de cemento ni ocultar su barriga.

    Entonces otra vez se quedó sin dinero para la renta. Por tres meses, el dueño del lugar donde vivía le permitió quedarse sin pagar, pero después la echó.

    Con ocho meses de embarazo, Adama se metía sin permiso en el cuarto durante la noche, solo para dormir, y se iba a primera hora de la mañana.

    "En un buen día, tenía suerte si comía. Pero muchas veces solo lograba tomar agua, rezar y dormir", recuerda.

    Cuando una mujer en Kenia se encuentra en la posición que entonces tenía Adama, muchos factores convergen para empujarla hacia los traficantes. El aborto es ilegal a menos que la vida de la madre esté en peligro, lo que solo deja pocas -y peligrosas- alternativas sobre la mesa.

    También hay otro aspecto: la escasa educación sexual que reciben los adolescentes en el país, especialmente en áreas rurales.

    Y unido a esto, la poca promoción que existe sobre los procesos de adopción.

    "Las mujeres y niñas con embarazos no deseados no reciben apoyo del gobierno", le cuenta a la BBC Ibrahim Ali, representante en Kenia de la organización benéfica Health Poverty Action.

    "Estas mujeres han sido a menudo victimizadas y estigmatizadas, especialmente en las zonas rurales, y tienden a huir. Eso las pone en situación de vulnerabilidad en las ciudades", añade.

    Adama no tenía idea de las vías legales que tenía para entregar a su hijo de una forma segura. No conocía los procesos de adopción.

    "No sabía nada de eso. Nunca lo había escuchado", señala.

    Contempló la idea de un aborto clandestino, pero eso no lo permite su fe. Entonces pensó en quitarse la vida.

    "Estaba tan abrumada que comencé a pensar cómo hacerlo, pensé en ahogarme. Así la gente podría olvidarse de mí".

    Pocos días antes del parto, alguien le presentó a una mujer muy bien vestida que se llamaba Mary Auma, quien le dijo que no tenía por qué abortar o quitarse la vida.

    Mary Auma es la jefa de una clínica ilegal en el barrio de Kayole, en Nairobi. Ella le dio 100 chelines a Adama y le dijo que fuera a la clínica al día siguiente.

    La improvisada sede de Mary Auma no es realmente una clínica, sino que son dos cuartos escondidos detrás de un escaparate en una calle de Kayole. Dentro del lugar hay algunas estanterías, habitadas por medicamentos viejos.

    Y detrás, los dos cuartos sirven para que las mujeres puedan dar a luz.

    Auma se sienta junto a su asistente y compran y venden bebés con fines de lucro, sin el inconveniente de tener que revisar o verificar quién los está comprando o para qué.

    Ella le dijo a Adama que quienes pagarían por su bebé eran una pareja encantadora que no había podido tener hijos y que iban a cuidarlo bien.

    Pero realmente Auma iba a venderlo a cualquiera que quisiera comprarlo y tuviera el dinero para hacerlo.

    Auma también se presentó como exenfermera, pero lo cierto es que no tenía ninguna experiencia, ni el equipo adecuado, para lidiar con potenciales complicaciones del parto.

    "Su casa estaba sucia, usaba un recipiente pequeño para la sangre, no tenía palangana y la cama no estaba limpia", recuerda Adama.

    "Pero estaba desesperada, no tenía otra opción".

    Cuando Adama llegó a la clínica, Mary Auma le dio dos tabletas, sin aviso, para inducir el parto, según relata la mujer.

    Auma tenía un comprador en fila y estaba ansiosa por concretar una venta. Pero cuando Adama dio a luz, el bebé tuvo problemas en el pecho y necesitó atención urgente, y la comerciante le dijo a la madre que lo llevara al hospital.

    Después de una semana de internación, Adama fue dada de alta con un niño sano. El dueño de la casa que la había echado cuando estaba embarazada le permitió regresar y allí pudo cuidar al bebé.

    Al poco tiempo, se encontró con Mary Auma nuevamente en el mercado, le dio otros 100 chelines y le dijo que fuera a la clínica al día siguiente.

    "Tenemos un nuevo paquete", le escribió Auma a su cliente. "45.000 chelines".

    Pero Mary Auma no le estaba ofreciendo esos 45.000 chelines (unos US$330), sino que estaba citando la oferta del cliente.

    Le ofreció a Adama 10.000 chelines, que son alrededor de US$80.

    Pero lo que Mary Auma no sabía era que el comprador que la había contactado era un reportero encubierto que trabajaba para la BBC, como parte de una investigación sobre la trata de niños que duró más de un año.

    Cuando Adama fue a la clínica improvisada al día siguiente, se sentó en la trastienda, con su bebé en los brazos.

    En una conversación, el supuesto comprador le dijo que tenía otras opciones y fue allí que Adama cambió de opinión.

    Salió de la clínica ese día con su hijo en brazos y lo llevó a un hogar para menores administrado por el gobierno, donde lo atenderán hasta que se pueda concertar una adopción legítima.

    La BBC le pidió a Mary Auma que respondiera a las acusaciones en esta historia, pero la mujer se negó a contestar.

    Adama tiene ahora 29 años y está de regreso en el pueblo donde se crió. A veces todavía se va a la cama con hambre. La vida sigue siendo dura. Trabaja ocasionalmente en un pequeño hotel cercano, pero no gana lo suficiente.

    Lucha además por no beber alcohol. Sueña con abrir su propia zapatería en el pueblo y traer zapatos de Nairobi, pero es un sueño lejano.

    No tiene contacto con su hijo, pero no se arrepiente.

    "No estaba feliz vendiendo a mi hijo, ni siquiera quería tocar ese dinero", dice.

    "Cuando no hubo dinero involucrado para entregarlo, entonces me pareció bien".

    Conoce el vecindario alrededor del hogar de niños donde lo dejó. Está cerca de la casa de la que la echaron cuando estaba casi lista para dar a luz.

    "Sé que la zona es segura y la gente que lo cuida es buena", concluye.

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