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Hoy Soy: Betunera

Redacción

jzapata

|

Jueves 16 de Abril de 2015 - 22:02
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  • Dallyana Passaligue acompañó la jornada de una familia de betuneros
Dallyana Passaligue acompañó la jornada de una familia de betuneros


Hoy soy: Betunera por ecuavisa

 
 
Los betuneros son hombres y mujeres que hacen un trabajo difícil e informal sus clientes los miran desde arriba a veces solo les ven su espalda, los encontramos en las plazas y en los aeropuertos.
 
Dallyana Passailaigue acompañó la jornada de una familia de betuneros desde la madrugada hasta el final de la tarde.
 
Fue tan difícil llegar a su hogar, como dura resulta ser su realidad. Un camino culebrero desemboca en el cuarto en el que vive Virginia Zapata con sus tres hijos, Steven, Anahí y Moisés, y su padre, Nelson. El espacio funciona como cocina, comedor y dormitorio. 
 
A las cinco de la mañana, sola, Virginia les prepara el alimento, les da de comer, los viste.
 
A las 6h00, Nelson se adelanta al puesto de trabajo, su hija lo alcanza una hora y media más tarde, luego de dejar a los niños en la escuela.
 
A Virginia es difícil seguirle el ritmo, su paso es apresurado, sostenido, como a quien se le acaba el tiempo. Ella vive y respira para mantener a sus hijos
 
"A veces tengo que hacer lo posible para sacar y darles a ellos, como no tengo apoyo del papá, tengo que sacar...(...)...el ni se acuerda si quiera, comerán o no comerán, ni se acuerda, se enfermarán o no se enfermarán, ni se acuerda de ellos".
 
Más calles, un bus, escaleras, vías de tren, empinadas cuestas, hasta llegar al colegio Fiscal de Educación "Especial", ahí se queda Steven.
 
"Para eso los traje al mundo, para ser responsable", reconoce la esforzada madre.
 
El camino parecía interminable pero al fin llegamos a la Plaza de la Independencia para tomar la posta del padre.  "Ya no avanzo", exclamó. 
 
Virginia empieza a trabajar, veo con atención cómo lo hace y aprendo.
 
Ahora es mi turno. Me equipé. manos a la obra. 
 
El proceso dura 5 minutos. La caja de betunes contiene 4 colores, rojo, amarillo, café y negro. se limpia cuero, gamuza y caucho. 
 
La posición es incómoda, duele el hombro, el brazo, la espalda baja. En un día se atiende un promedio de 15 clientes, a 60 centavos el servicio. En una buena jornada se gana 15 dólares y en una mala, 7. Se trabaja 10 horas diarias.
 
Aunque lustrar zapatos parezca sencillo, su oficio requiere de habilidad, pero a veces, también de paciencia, pues en muchas ocasiones, los betuneros no reciben de sus clientes, un buen trato.
 
Nelson es betunero hace 34 años, como él dice, "desde el finadito Roldós". 
 
Él ha sido fiel testigo del ir y venir de la ciudad y de su gente. pero hay algo que no le gusta de su trabajo.
 
"Que otra persona humille, te tratan mal por 50 centavos pero yo no les hago caso, no les paro ni bola. sé qué es sufrir, por eso me da iras”, dice Nelson mientras su voz se corta.
 
Son trabajadores que pasan sus días a los pies de hombres que detrás de las páginas de un periódico, se enteran de la situación económica y política del país; mientras ellos, los betuneros, limpian la suciedad de sus zapatos, para hacer brillar sus pasos.

Hoy soy: Betunera por ecuavisa

 

 

Los betuneros son hombres y mujeres que hacen un trabajo difícil e informal sus clientes los miran desde arriba a veces solo les ven su espalda, los encontramos en las plazas y en los aeropuertos.

 

Dallyana Passailaigue acompañó la jornada de una familia de betuneros desde la madrugada hasta el final de la tarde.

 

Fue tan difícil llegar a su hogar, como dura resulta ser su realidad. Un camino culebrero desemboca en el cuarto en el que vive Virginia Zapata con sus tres hijos, Steven, Anahí y Moisés, y su padre, Nelson. El espacio funciona como cocina, comedor y dormitorio. 

 

A las cinco de la mañana, sola, Virginia les prepara el alimento, les da de comer, los viste.

 

A las 6h00, Nelson se adelanta al puesto de trabajo, su hija lo alcanza una hora y media más tarde, luego de dejar a los niños en la escuela.

 

A Virginia es difícil seguirle el ritmo, su paso es apresurado, sostenido, como a quien se le acaba el tiempo. Ella vive y respira para mantener a sus hijos

 

"A veces tengo que hacer lo posible para sacar y darles a ellos, como no tengo apoyo del papá, tengo que sacar...(...)...el ni se acuerda si quiera, comerán o no comerán, ni se acuerda, se enfermarán o no se enfermarán, ni se acuerda de ellos".

 

Más calles, un bus, escaleras, vías de tren, empinadas cuestas, hasta llegar al colegio Fiscal de Educación "Especial", ahí se queda Steven.

 

"Para eso los traje al mundo, para ser responsable", reconoce la esforzada madre.

 

El camino parecía interminable pero al fin llegamos a la Plaza de la Independencia para tomar la posta del padre.  "Ya no avanzo", exclamó. 

 

Virginia empieza a trabajar, veo con atención cómo lo hace y aprendo.

 

Ahora es mi turno. Me equipé. manos a la obra. 

 

El proceso dura 5 minutos. La caja de betunes contiene 4 colores, rojo, amarillo, café y negro. se limpia cuero, gamuza y caucho. 

 

La posición es incómoda, duele el hombro, el brazo, la espalda baja. En un día se atiende un promedio de 15 clientes, a 60 centavos el servicio. En una buena jornada se gana 15 dólares y en una mala, 7. Se trabaja 10 horas diarias.

 

Aunque lustrar zapatos parezca sencillo, su oficio requiere de habilidad, pero a veces, también de paciencia, pues en muchas ocasiones, los betuneros no reciben de sus clientes, un buen trato.

 

Nelson es betunero hace 34 años, como él dice, "desde el finadito Roldós". 

 

Él ha sido fiel testigo del ir y venir de la ciudad y de su gente. pero hay algo que no le gusta de su trabajo.

 

"Que otra persona humille, te tratan mal por 50 centavos pero yo no les hago caso, no les paro ni bola. sé qué es sufrir, por eso me da iras”, dice Nelson mientras su voz se corta.

 

Son trabajadores que pasan sus días a los pies de hombres que detrás de las páginas de un periódico, se enteran de la situación económica y política del país; mientras ellos, los betuneros, limpian la suciedad de sus zapatos, para hacer brillar sus pasos.

 

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