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La tía Julia y el escribidor

Redacción

tmenendez

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Jueves 16 de Abril de 2015 - 16:17
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Por Allen Panchana Macay
 
Vuelvo a las líneas de Mario Vargas Llosa. Sin duda me asomo a su obra más íntima y desenfadada: “La tía Julia y el escribidor”, publicada en 1977 y con una serie de ediciones hasta la actualidad. 
 
Íntima porque es una novela casi autobiográfica: el peruano, ganador del Nobel de Literatura en 2010, confiesa, entre otras aventuras, su romance con su tía 14 años mayor a él. El escritor no se corta en detalles y escarba en su memoria. Y desenfadada, porque está llena de anécdotas y hechos pintorescos que retratan su Perú natal de los años 60 y 70. 
 
Ahora bien, no crean que la obra está dedicada al romance prohibido del inquieto sobrino, cuya familia se opone a una eventual boda con la calenturienta tía. En realidad, es la historia del joven y audaz Mario, que sueña con ser escritor, aunque trabaja en una radio en donde conoce a Pedro Camacho, aquel excéntrico libretista boliviano de radionovelas, que además interpreta lo que escribe. 
 
Lo mejor de la novela, sin duda, es el papel del boliviano. No quiero arruinar la sorpresa, pero digamos que el libretista enloquece y la forma cómo Vargas Llosa lo evidencia es muy creativa e incluso irreverente, tanto que el lector queda confundido, porque no entiende al principio qué está pasando. 
 
“La tía Julia y el escribidor” es una sátira exquisita de la literatura rosa y la novela popular. Pero, al mismo tiempo, el Nobel cuestiona la hipocresía, el racismo y el clasismo de la sociedad limeña. 
 
Vargas Llosa en el prólogo hace la justificación: “Comencé esta novela en Lima, a mediados de 1972, y la seguí escribiendo, con múltiples y a veces largas interrupciones, en Barcelona, La Romana (República Dominicana), Nueva York, y de nuevo Lima, donde la terminé cuatro años después. Me la sugirió un autor de radioteatros que conocí de joven, al que sus melodramáticas historias devoraron el seso por un tiempo. Para que la novela no resultara demasiado artificial, intenté añadirle un collage autobiográfico: mi primera aventura matrimonial”. 
 
Los diálogos son ricos y descriptivos, como cuando un amigo del protagonista lo descubre:
  • ¿Es algo así como tu tía, no? -dijo, palmoteándome-. Está bien, me has impresionado. Una amante vieja, rica y divorciada: ¡veinte puntos!
  • No es mi tía, sino la hermana de la mujer de mi tío -le expliqué lo que ya sabía, mientras daba vuelta a una noticia de La Prensa sobre la guerra de Corea-. No es mi amante, no es vieja y no tiene medio. Solo lo de divorciada es verdad. 
  • Vieja quería decir mayor que tú, y lo de rica no era crítica sino felicitación, yo soy partidario de los braguetazas -se río Javier-. ¿Así que no es tu amante? ¿Qué, entonces? ¿Tu enamorada?
  • Una cosa entre las dos -le dije-, sabiendo que lo irritaría. 
 
Y sobre el final, mejor no les digo nada. Consiga la novela y empiece a devorar las líneas de Vargas Llosa. 
 

Por Allen Panchana Macay

[email protected]

 

Vuelvo a las líneas de Mario Vargas Llosa. Sin duda me asomo a su obra más íntima y desenfadada: “La tía Julia y el escribidor”, publicada en 1977 y con una serie de ediciones hasta la actualidad. 

 

Íntima porque es una novela casi autobiográfica: el peruano, ganador del Nobel de Literatura en 2010, confiesa, entre otras aventuras, su romance con su tía 14 años mayor a él. El escritor no se corta en detalles y escarba en su memoria. Y desenfadada, porque está llena de anécdotas y hechos pintorescos que retratan su Perú natal de los años 60 y 70. 

 

Ahora bien, no crean que la obra está dedicada al romance prohibido del inquieto sobrino, cuya familia se opone a una eventual boda con la calenturienta tía. En realidad, es la historia del joven y audaz Mario, que sueña con ser escritor, aunque trabaja en una radio en donde conoce a Pedro Camacho, aquel excéntrico libretista boliviano de radionovelas, que además interpreta lo que escribe. 

 

Lo mejor de la novela, sin duda, es el papel del boliviano. No quiero arruinar la sorpresa, pero digamos que el libretista enloquece y la forma cómo Vargas Llosa lo evidencia es muy creativa e incluso irreverente, tanto que el lector queda confundido, porque no entiende al principio qué está pasando. 

 

“La tía Julia y el escribidor” es una sátira exquisita de la literatura rosa y la novela popular. Pero, al mismo tiempo, el Nobel cuestiona la hipocresía, el racismo y el clasismo de la sociedad limeña. 

 

Vargas Llosa en el prólogo hace la justificación: “Comencé esta novela en Lima, a mediados de 1972, y la seguí escribiendo, con múltiples y a veces largas interrupciones, en Barcelona, La Romana (República Dominicana), Nueva York, y de nuevo Lima, donde la terminé cuatro años después. Me la sugirió un autor de radioteatros que conocí de joven, al que sus melodramáticas historias devoraron el seso por un tiempo. Para que la novela no resultara demasiado artificial, intenté añadirle un collage autobiográfico: mi primera aventura matrimonial”. 

 

Los diálogos son ricos y descriptivos, como cuando un amigo del protagonista lo descubre:

  • ¿Es algo así como tu tía, no? -dijo, palmoteándome-. Está bien, me has impresionado. Una amante vieja, rica y divorciada: ¡veinte puntos!
  • No es mi tía, sino la hermana de la mujer de mi tío -le expliqué lo que ya sabía, mientras daba vuelta a una noticia de La Prensa sobre la guerra de Corea-. No es mi amante, no es vieja y no tiene medio. Solo lo de divorciada es verdad. 
  • Vieja quería decir mayor que tú, y lo de rica no era crítica sino felicitación, yo soy partidario de los braguetazas -se río Javier-. ¿Así que no es tu amante? ¿Qué, entonces? ¿Tu enamorada?
  • Una cosa entre las dos -le dije-, sabiendo que lo irritaría. 

 

Y sobre el final, mejor no les digo nada. Consiga la novela y empiece a devorar las líneas de Vargas Llosa. 

 

 

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