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Y arrancó la demagogia…

Redacción

tmenendez

|

Martes 28 de Junio de 2016 - 15:11
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La campaña electoral no se inicia oficialmente, pero los políticos ya han empezado a calibrar sus motores formulando las primeras promesas. Como siempre sucede en los discursos proselitistas, muchas de estas ofertas entran en el peligroso terreno de la demagogia.
 
Acaba de ocurrir con el precandidato Guillermo Lasso quien, este fin de semana, en una importante reunión con las bases de su movimiento político, hizo al menos cuatro grandes anuncios: la necesidad de hacer un replanteamiento integral de la política tributaria; su determinación para derogar la Ley de Comunicación y el Decreto 16 que regula a las organizaciones sociales, y su oferta de mandar al ‘tacho de la basura’ la Secretaría de Educación Superior, Ciencia, Tecnología e Innovación (Senescyt).
 
Su idea de reformar la política tributaria y de intentar derogar leyes perversas como la de Comunicación o el Decreto 16, serán temas indispensables en la próxima campaña. Sin embargo, su postura radical frente a la vigencia de la Senescyt resultó desafortunada. Es complicado evaluar, en este caso, toda la política universitaria que ha emprendido este Gobierno desde el argumento de que los jóvenes tienen derecho a escoger sus carreras universitarias por encima de cualquier otro aspecto. Por eso, las críticas le llovieron desde los sectores oficiales que siente como un logro haber cerrado decenas de universidades de garaje y haber introducido indicadores para mejorar el desempeño de los centros académicos abiertos.
 
Las políticas educativas de un país son demasiado serias como para resolverlas desde la metáfora del tacho de basura. Una parte de las libertades esenciales de un ser humano radica en su derecho a escoger una carrera o emprendimiento económico. Pero el Estado debe garantizar una oferta educativa de calidad y para ello se necesitan controles y altos estándares. Lejos de pretender sepultar al Senescyt, Lasso debió anunciar una política clara de educación superior. Por eso la dura comparación que el presidente Correa le hizo con las viejas políticas del MPD. El líder de CREO ha tenido que matizar su promesa de campaña y decir que a más de la libertad de escoger una carrera, el Ecuador debe ser un país donde se promueva la investigación y donde existan universidades con altos estándares. Precisamente para estos propósitos Lasso, en caso de ser presidente, necesitará de la Senescyt como organismo rector de la política académica.
 
La demagogia, en estos días, también se ha acentuado en el lado del Gobierno. El anuncio que se hizo con respecto al multimillonario financiamiento que se pretende conseguir para construir la Refinería del Pacífico, elefante blanco ofrecido desde el 2007, resulta peligroso.
 
El presidente Correa ha caído en la demagogia al pretender instalar en el debate nacional la idea de que es posible y necesario construir esa Refinería, cuando el momento para hacerlo fue desperdiciado por su Gobierno que, a su vez, se dejó llevar de la demagogia de Hugo Chávez y su sueño de instalar refinerías en todas partes.
 
Correa está por terminar su mandato y la situación económica del país no permite pensar en una obra de esa magnitud. No solo porque requiere de muchísimo dinero (13 mil millones de dólares) para su ejecución, sino porque en este preciso momento el país demanda una profunda fiscalización a la política de endeudamiento del Gobierno. También a la forma en la que se gastaron 1.200 millones de dólares para adecentar el terreno de El Aromo, allí donde Glas ve una refinería.
 
Políticos como César Montúfar creen que el anuncio de Correa, que implicaría romper de un solo plumazo el techo legal del 40% permitido para el endeudamiento nacional, tiene como objetivo traer más dinero al país, mantener el espejismo de la bonanza, no perder votos y así patear para el próximo año (y el nuevo presidente) las necesarias medidas de ajuste fiscal. Su teoría es válida, pues el Gobierno tiene la necesidad de fortalecer momentáneamente la dolarización vía endeudamiento. Los platos rotos de la demagogia se pagarán luego.
 
 

La campaña electoral no se inicia oficialmente, pero los políticos ya han empezado a calibrar sus motores formulando las primeras promesas. Como siempre sucede en los discursos proselitistas, muchas de estas ofertas entran en el peligroso terreno de la demagogia.

 

Acaba de ocurrir con el precandidato Guillermo Lasso quien, este fin de semana, en una importante reunión con las bases de su movimiento político, hizo al menos cuatro grandes anuncios: la necesidad de hacer un replanteamiento integral de la política tributaria; su determinación para derogar la Ley de Comunicación y el Decreto 16 que regula a las organizaciones sociales, y su oferta de mandar al ‘tacho de la basura’ la Secretaría de Educación Superior, Ciencia, Tecnología e Innovación (Senescyt).

 

Su idea de reformar la política tributaria y de intentar derogar leyes perversas como la de Comunicación o el Decreto 16, serán temas indispensables en la próxima campaña. Sin embargo, su postura radical frente a la vigencia de la Senescyt resultó desafortunada. Es complicado evaluar, en este caso, toda la política universitaria que ha emprendido este Gobierno desde el argumento de que los jóvenes tienen derecho a escoger sus carreras universitarias por encima de cualquier otro aspecto. Por eso, las críticas le llovieron desde los sectores oficiales que siente como un logro haber cerrado decenas de universidades de garaje y haber introducido indicadores para mejorar el desempeño de los centros académicos abiertos.

 

Las políticas educativas de un país son demasiado serias como para resolverlas desde la metáfora del tacho de basura. Una parte de las libertades esenciales de un ser humano radica en su derecho a escoger una carrera o emprendimiento económico. Pero el Estado debe garantizar una oferta educativa de calidad y para ello se necesitan controles y altos estándares. Lejos de pretender sepultar al Senescyt, Lasso debió anunciar una política clara de educación superior. Por eso la dura comparación que el presidente Correa le hizo con las viejas políticas del MPD. El líder de CREO ha tenido que matizar su promesa de campaña y decir que a más de la libertad de escoger una carrera, el Ecuador debe ser un país donde se promueva la investigación y donde existan universidades con altos estándares. Precisamente para estos propósitos Lasso, en caso de ser presidente, necesitará de la Senescyt como organismo rector de la política académica.

 

La demagogia, en estos días, también se ha acentuado en el lado del Gobierno. El anuncio que se hizo con respecto al multimillonario financiamiento que se pretende conseguir para construir la Refinería del Pacífico, elefante blanco ofrecido desde el 2007, resulta peligroso.

 

El presidente Correa ha caído en la demagogia al pretender instalar en el debate nacional la idea de que es posible y necesario construir esa Refinería, cuando el momento para hacerlo fue desperdiciado por su Gobierno que, a su vez, se dejó llevar de la demagogia de Hugo Chávez y su sueño de instalar refinerías en todas partes.

 

Correa está por terminar su mandato y la situación económica del país no permite pensar en una obra de esa magnitud. No solo porque requiere de muchísimo dinero (13 mil millones de dólares) para su ejecución, sino porque en este preciso momento el país demanda una profunda fiscalización a la política de endeudamiento del Gobierno. También a la forma en la que se gastaron 1.200 millones de dólares para adecentar el terreno de El Aromo, allí donde Glas ve una refinería.

 

Políticos como César Montúfar creen que el anuncio de Correa, que implicaría romper de un solo plumazo el techo legal del 40% permitido para el endeudamiento nacional, tiene como objetivo traer más dinero al país, mantener el espejismo de la bonanza, no perder votos y así patear para el próximo año (y el nuevo presidente) las necesarias medidas de ajuste fiscal. Su teoría es válida, pues el Gobierno tiene la necesidad de fortalecer momentáneamente la dolarización vía endeudamiento. Los platos rotos de la demagogia se pagarán luego.

 

 

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