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El regreso a casa de Óscar Villacís y Katty Velasco

Redacción

aespinoza

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Sábado 07 de Julio de 2018 - 10:37
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  • La familia de Katty Velasco llora desconsolada tras la llegada de sus restos
La familia de Katty Velasco llora desconsolada tras la llegada de sus restos

Muchas personas tienen un hermano o una hermana menor con quien se comparte tiempo, techo, bromas, vida. Los Villacís y los Velasco vieron a esos hermanos salir de viaje, desaparecer, ser víctimas de un secuestro. Dos familias que se enteraron de su cautiverio mediante un video en internet y que, luego de toda la ansiedad y la zozobra, lo siguiente que supieron es que quizás hallaron sus cadáveres en la selva. Imagine ser lo suficientemente fuerte como para apoderarse de la situación y ser el rostro visible de su familia en medio de todo lo que está por venir. Imagine la tensión y el dolor de pasar días de incertidumbre, de trámites de los que no quisiera tener que hacerse cargo.

Es subir a un avión con el cuerpo de su hermano o de su hermana, dentro de un ataúd envuelto en plástico, mucho plástico, con la bandera de su país cubriendo la madera, como si se tratara de un héroe de guerra. Imagínese traer de vuelta a casa a esa persona -a la misma casa donde se vieron por última vez- pero muerta. Es llorar, llorar, llorar, descomponerse de tanto llorar, llorar frente a decenas de cámaras de televisión y que no le importe que lo graben, llorar frente a miles de desconocidos, romperse delante del mundo, llorar y preguntarse por qué, llorar y gritar, llorar y desgarrarse, llorar y desmayarse y una vez que se sobrepone al desmayo, volver a las lágrimas, al “¿por qué te fuiste?”, al “yo quería traerte con vida”.

Aunque los velatorios de Óscar Villacís y Katty Velasco, la pareja de ecuatorianos secuestrados en abril pasado por la disidencia de las FARC, se realizan en Santo Domingo de forma separada, en distintas zonas de la ciudad, comparten mucho en común: ambos se realizan en la casa donde vivieron con sus familiares y en ambas circunstancias han sido sus hermanas, Elvia Villacís y Ana Velasco, las que han viajado a buscar explicaciones, las que estuvieron siempre al frente y las que la tarde de este viernes, a distintas horas, llegaron a la ciudad con sus cuerpos.

Oscar y Katty - Familias

El cadáver de Óscar Efrén Villacís llegó a la vivienda que compartió hasta hace algunos meses con su familia, ubicada en un sector del norte de Santo Domingo, pasadas las 15:00, pero la organización de las exequias comenzó la noche anterior y se extendió a lo largo de toda la mañana. En el patio frontal, donde se colocó la capilla ardiente, casi todo -las paredes, las habitaciones que lo circundan, los corrales de las gallinas- estaba cubierto con una lona blanca y con grandes carpas y dentro de las carpas, sillas, una estación de café, bebidas calientes y caramelos. El viernes, nada de la parte externa de este lugar luce como lo hacía  el jueves. Las piedras del suelo también se maquillaron con la arena que se utilizó para nivelar el terreno.

Un grupo de policías, que resguardaba la seguridad en la zona del velatorio, colocó conos de tránsito a lo largo de un tramo de la Av. Rio Lelia, la principal vía por la que se ingresa a la vivienda de la familia de Óscar Villacís. En medio del luto, la ciudad se mueve como siempre: hay un partido del mundial que Brasil va perdiendo, los vecinos escuchan reggaeton a volumen escandaloso, los perros del barrio se meten de rato en rato a las carpas y deambulan entre los familiares que poco a poco llegan para hacerse presentes con un abrazo, un saludo, una conversación, algo que represente consuelo para las hermanas del joven. 

Oscar y Katty - Familias

Antes de la llegada del cuerpo de Óscar, que falleció de 24 años, aún hay algo de espacio para risas entre primos, conversaciones sobre sus vidas amorosas y bromas al respecto, son capaces de olvidar por pocos minutos lo que les sucedió. Cuando el cuerpo de Óscar llega, todo se vuelve real y Elvia, sus padres y el resto de hermanos se unen en un solo abrazo frente al féretro, en un solo llanto que lo devasta todo. “Ese maldito presidente que mató a mi hermano. A él lo culpo. Él es el único responsable”, gritaba Elvia entre lágrimas, mientras Zulay la abrazaba e intentaba contenerla. Era imposible. “Yo quería traerte vivo, yo quería traerte vivo”.

Elvia no deja de sollozar mientras habla con su familia, mientras atiende a algunos medios, mientras camina, mientras la atienden dos médicos por el desmayo que sufrió, mientras le toman la presión. “Esa niña era todo para él. No le puedo ofrecer riquezas porque no tengo pero le daré todo lo que pueda”. Habla de Alexa, la bebé de ocho meses, hija de Óscar, nacida en su relación anterior, a la que ella abraza en medio del llanto frente al féretro y le dice “mira, aquí está tu papá”.

En casa de Katty Velasco también hay niños, y también está Samanta, su hija, de apenas cuatro años, que hace girar su largo vestido azul y blanco y juega con sus primos y amigos sobre la alfombra roja tendida en el piso, sobre el que caminarán las personas que esa misma tarde carguen sobre sus hombros el ataúd con los restos de su madre.

Oscar y Katty - Familias

En la Coop. Venceremos, ubicada hacia el sur de Santo Domingo, donde Katty Vanessa Velasco, de 20 años, vivió el último mes de su vida, el ambiente previo a la llegada del cuerpo de la joven es similar a cualquier otro velorio: amigos y familiares -en este caso de zonas rurales, de Esmeraldas, de Guayaquil- llegan de a poco y se acercan a saludar, abrazar o consolar. Aquí, el espacio es más pequeño. En la parte exterior, sobre la calle, han sobrado algunas sillas que se quedaron sin colocar; pero la parte interior, en el patio trasero de la vivienda, donde está colocada una carpa y la capilla ardiente que espera por Katty, está rodeada por carteles y fotos de la joven donde sonríe apenas, selfies, ella usando disfraces, imágenes donde hace muecas con su hija. “Santo Domingo siente tu partida”, dice uno de los afiches. 

Pasadas las seis de la tarde, vecinos y curiosos se agolpaban en una esquina de la Av. de los Incas, una de las calles sobre la que se encuentra la casa de Katty. La carroza fúnebre llegó y lo que hasta hace un rato eran murmullos y conversaciones en voz baja se convirtieron en llanto profundo y herido al unísono, que se escuchaba como eco: en distintos tonos, de lejos y de cerca. Ana Velasco lloraba en cada hombro cercano y era una de las más afectadas emocionalmente, pero Tania, Katia y Camila, sus otras hermanas, lloraban también, así como sus padres y sus abuelos. “Ñañita Vane, ñanita Vane”, sollozaba Maite, de 10 años, refugiada en las piernas de una de sus hermanas mayores.

Que el Gobierno no los ayudó, que la indolencia fue inmensa, que los dejaron solos. Ana balbuceaba todo esto en medio de su llanto imparable. Norma Velasco, tía de las jóvenes y que vestía una camiseta con la foto de Katty y la leyenda “Justicia sí. No más secuestros en Ecuador” cuenta que por esos motivos precisamente este camino no terminará el domingo, con el sepelio de Katty.. “Queremos sepultarla y darle el último adiós, pero desde el lunes nuestra lucha sigue. Un abogado nos va a representar porque planeamos demandar al estado por toda la negligencia mostrada”, cuenta, convencida, mientras sostiene una foto de su sobrina.

Los cadáveres de la pareja fueron encontrados en Tumaco, departamento de Nariño, a siete kilómetros de distancia de la zona donde fueron hallados los cuerpos del equipo periodístico de diario El Comercio, también secuestrado por el frente Oliver Sinisterra. Este viernes, luego de tantos silencios, del desasosiego y de la ausencia, Óscar y Katty están nuevamente en sus hogares, rodeados de todos esas personas en las que quizá pensaron durante sus últimos minutos de vida, rodeados del amor que esta vez no logró llegar a tiempo.

 

 

 

 

 

 

 

Diana Romero

Muchas personas tienen un hermano o una hermana menor con quien se comparte tiempo, techo, bromas, vida. Los Villacís y los Velasco vieron a esos hermanos salir de viaje, desaparecer, ser víctimas de un secuestro. Dos familias que se enteraron de su cautiverio mediante un video en internet y que, luego de toda la ansiedad y la zozobra, lo siguiente que supieron es que quizás hallaron sus cadáveres en la selva. Imagine ser lo suficientemente fuerte como para apoderarse de la situación y ser el rostro visible de su familia en medio de todo lo que está por venir. Imagine la tensión y el dolor de pasar días de incertidumbre, de trámites de los que no quisiera tener que hacerse cargo.

Es subir a un avión con el cuerpo de su hermano o de su hermana, dentro de un ataúd envuelto en plástico, mucho plástico, con la bandera de su país cubriendo la madera, como si se tratara de un héroe de guerra. Imagínese traer de vuelta a casa a esa persona -a la misma casa donde se vieron por última vez- pero muerta. Es llorar, llorar, llorar, descomponerse de tanto llorar, llorar frente a decenas de cámaras de televisión y que no le importe que lo graben, llorar frente a miles de desconocidos, romperse delante del mundo, llorar y preguntarse por qué, llorar y gritar, llorar y desgarrarse, llorar y desmayarse y una vez que se sobrepone al desmayo, volver a las lágrimas, al “¿por qué te fuiste?”, al “yo quería traerte con vida”.

Aunque los velatorios de Óscar Villacís y Katty Velasco, la pareja de ecuatorianos secuestrados en abril pasado por la disidencia de las FARC, se realizan en Santo Domingo de forma separada, en distintas zonas de la ciudad, comparten mucho en común: ambos se realizan en la casa donde vivieron con sus familiares y en ambas circunstancias han sido sus hermanas, Elvia Villacís y Ana Velasco, las que han viajado a buscar explicaciones, las que estuvieron siempre al frente y las que la tarde de este viernes, a distintas horas, llegaron a la ciudad con sus cuerpos.

Oscar y Katty - Familias

El cadáver de Óscar Efrén Villacís llegó a la vivienda que compartió hasta hace algunos meses con su familia, ubicada en un sector del norte de Santo Domingo, pasadas las 15:00, pero la organización de las exequias comenzó la noche anterior y se extendió a lo largo de toda la mañana. En el patio frontal, donde se colocó la capilla ardiente, casi todo -las paredes, las habitaciones que lo circundan, los corrales de las gallinas- estaba cubierto con una lona blanca y con grandes carpas y dentro de las carpas, sillas, una estación de café, bebidas calientes y caramelos. El viernes, nada de la parte externa de este lugar luce como lo hacía  el jueves. Las piedras del suelo también se maquillaron con la arena que se utilizó para nivelar el terreno.

Un grupo de policías, que resguardaba la seguridad en la zona del velatorio, colocó conos de tránsito a lo largo de un tramo de la Av. Rio Lelia, la principal vía por la que se ingresa a la vivienda de la familia de Óscar Villacís. En medio del luto, la ciudad se mueve como siempre: hay un partido del mundial que Brasil va perdiendo, los vecinos escuchan reggaeton a volumen escandaloso, los perros del barrio se meten de rato en rato a las carpas y deambulan entre los familiares que poco a poco llegan para hacerse presentes con un abrazo, un saludo, una conversación, algo que represente consuelo para las hermanas del joven. 

Oscar y Katty - Familias

Antes de la llegada del cuerpo de Óscar, que falleció de 24 años, aún hay algo de espacio para risas entre primos, conversaciones sobre sus vidas amorosas y bromas al respecto, son capaces de olvidar por pocos minutos lo que les sucedió. Cuando el cuerpo de Óscar llega, todo se vuelve real y Elvia, sus padres y el resto de hermanos se unen en un solo abrazo frente al féretro, en un solo llanto que lo devasta todo. “Ese maldito presidente que mató a mi hermano. A él lo culpo. Él es el único responsable”, gritaba Elvia entre lágrimas, mientras Zulay la abrazaba e intentaba contenerla. Era imposible. “Yo quería traerte vivo, yo quería traerte vivo”.

Elvia no deja de sollozar mientras habla con su familia, mientras atiende a algunos medios, mientras camina, mientras la atienden dos médicos por el desmayo que sufrió, mientras le toman la presión. “Esa niña era todo para él. No le puedo ofrecer riquezas porque no tengo pero le daré todo lo que pueda”. Habla de Alexa, la bebé de ocho meses, hija de Óscar, nacida en su relación anterior, a la que ella abraza en medio del llanto frente al féretro y le dice “mira, aquí está tu papá”.

En casa de Katty Velasco también hay niños, y también está Samanta, su hija, de apenas cuatro años, que hace girar su largo vestido azul y blanco y juega con sus primos y amigos sobre la alfombra roja tendida en el piso, sobre el que caminarán las personas que esa misma tarde carguen sobre sus hombros el ataúd con los restos de su madre.

Oscar y Katty - Familias

En la Coop. Venceremos, ubicada hacia el sur de Santo Domingo, donde Katty Vanessa Velasco, de 20 años, vivió el último mes de su vida, el ambiente previo a la llegada del cuerpo de la joven es similar a cualquier otro velorio: amigos y familiares -en este caso de zonas rurales, de Esmeraldas, de Guayaquil- llegan de a poco y se acercan a saludar, abrazar o consolar. Aquí, el espacio es más pequeño. En la parte exterior, sobre la calle, han sobrado algunas sillas que se quedaron sin colocar; pero la parte interior, en el patio trasero de la vivienda, donde está colocada una carpa y la capilla ardiente que espera por Katty, está rodeada por carteles y fotos de la joven donde sonríe apenas, selfies, ella usando disfraces, imágenes donde hace muecas con su hija. “Santo Domingo siente tu partida”, dice uno de los afiches. 

Pasadas las seis de la tarde, vecinos y curiosos se agolpaban en una esquina de la Av. de los Incas, una de las calles sobre la que se encuentra la casa de Katty. La carroza fúnebre llegó y lo que hasta hace un rato eran murmullos y conversaciones en voz baja se convirtieron en llanto profundo y herido al unísono, que se escuchaba como eco: en distintos tonos, de lejos y de cerca. Ana Velasco lloraba en cada hombro cercano y era una de las más afectadas emocionalmente, pero Tania, Katia y Camila, sus otras hermanas, lloraban también, así como sus padres y sus abuelos. “Ñañita Vane, ñanita Vane”, sollozaba Maite, de 10 años, refugiada en las piernas de una de sus hermanas mayores.

Que el Gobierno no los ayudó, que la indolencia fue inmensa, que los dejaron solos. Ana balbuceaba todo esto en medio de su llanto imparable. Norma Velasco, tía de las jóvenes y que vestía una camiseta con la foto de Katty y la leyenda “Justicia sí. No más secuestros en Ecuador” cuenta que por esos motivos precisamente este camino no terminará el domingo, con el sepelio de Katty.. “Queremos sepultarla y darle el último adiós, pero desde el lunes nuestra lucha sigue. Un abogado nos va a representar porque planeamos demandar al estado por toda la negligencia mostrada”, cuenta, convencida, mientras sostiene una foto de su sobrina.

Los cadáveres de la pareja fueron encontrados en Tumaco, departamento de Nariño, a siete kilómetros de distancia de la zona donde fueron hallados los cuerpos del equipo periodístico de diario El Comercio, también secuestrado por el frente Oliver Sinisterra. Este viernes, luego de tantos silencios, del desasosiego y de la ausencia, Óscar y Katty están nuevamente en sus hogares, rodeados de todos esas personas en las que quizá pensaron durante sus últimos minutos de vida, rodeados del amor que esta vez no logró llegar a tiempo.

 

 

 

 

 

 

 

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