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Redacción

jesuarez

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Martes 05 de Mayo de 2015 - 19:26
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  • QUITO.- Dallyana Passailaigue compartió el oficio de estos personajes que conviven con la muerte. Fotos: Captura Video
QUITO.- Dallyana Passailaigue compartió el oficio de estos personajes que conviven con la muerte.  Fotos: Captura Video
Los auxiliares de cementerio, antes llamados panteoneros, poseen un trabajo que nadie envidia y para el cual no existe una formación, como la de un arquitecto o un ingeniero.
 
Son personas que cumplen, con serenidad y en silencio, los últimos rituales de un funeral, cuando los difuntos llegan a su última morada.
 
La funeraria nacional le abrió las puertas a Dallyana Passailaigue para mostrar a Televistazo estos personajes que conviven con la muerte.
 
El cementerio de San Diego es el segundo más antiguo de Quito y el más grande. Inaugurado en 1872, comprende 8 hectáreas y es Patrimonio Cultural de la Humanidad.
 
Llegué a sus puertas en busca del encargado, Bolívar Guachamín, un hombre que desde hace 23 años se gana la vida cuidando este espacio de muertos.
 
Accedió a compartir una jornada conmigo, de 8 de la mañana a 5 de la tarde. 
 
Con pico y pala en mano, atravesamos 19 pabellones, 8 series de nichos en bloques, tumbas y lápidas.
 
"El entorno es tranquilo, se vive en la ciudad dentro de otra ciudad, hay árboles, jardines y más que todo hay silencio, paz", explicó Bolívar. 
 
Vivir en la ciudad de los muertos. Algo difícil de acostumbrarse, pero necesario.
 
"La muerte es un paso más de la vida, si no es consciente de que el servicio es necesario. Pues, si no hubiera quien entierre los cadáveres, sería una catástrofe", refirió Bolívar. 
 
Llegamos al campo de enterramiento para cavar una fosa en la que pronto ingresará un cuerpo. La fuerza de picar y remover se concentra en la espalda y las rodillas. Aproveché para conversar con Bolívar.
 
-¿Qué es lo más difícil de su trabajo? 
 
"Cuando fallece un familiar, un niño, son circunstancias que nos van cambiando y que a la vez nos vamos a acostumbrando. Gente que grita, que patalea, para nosotros es impactante, pero con el paso del tiempo se va haciendo costumbre", contó Bolívar. 
 
Se cava entre una y dos tumbas por día.
 
Conversación dentro de fosa: 
 
-Bueno, hemos terminado, ¿qué altura tiene?
 
1.60, nos hemos demorado 2 horas y 15 minutos. Luego se procede a poner el ataúd y a tapar con tierra por el lapso de 4 años
 
-¿Y cómo se sale de aquí?
 
Continuamos con la jardinería. 
 
Le dimos forma a los árboles que adornan el camino, podamos el césped que acompaña el descanso eterno; la máquina es pesada, se requiere de habilidad. 
 
Finalmente, fijamos una lápida de mármol, en el lugar asignado para "alguien" en este día. El espacio es alquilado, por lo que se le corcha con cementina que luego será removida. 
 
Bolívar asegura que tiene un trabajo a veces, incomprendido.
 
“Hay gente que viene a enterrar y dicen "no le tapen" o nos van insultando, es el furor que tienen en ese momento la gente o tiene ganas de golpearnos porque se le está enterrando a un familiar, a una persona querida para ellos. Nos empujan, nos quieren golpear, esos son los gajes del oficio", reveló Bolívar. 
 
Bolívar gana el sueldo básico, más beneficios.
 
Las tumbas, más allá de conservar restos, son espejos de recuerdos que reflejan cuánto se ama a los ausentes. Y en el cementerio de San Diego, a la vida solitaria de los muertos olvidados, todas las tardes, un hombre y su acordeón, las visita.
 
Jorge Yunga tiene 40 años tocando el instrumento y desde hace 2 lo hace para los que se han ido. 
 
“Toco cuando un familiar lo necesita, si al muerto le gustaba la música, a unos sí les gusta, a otros no  alcanza para la sopita", compartió Yunga. 
 
Una campana anuncia la llegada de un féretro y nuestra hora de partir. Bolívar se queda por una hora más con los 68.000 habitantes del camposanto. 
 
Y ellos, ellos por una eternidad.
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 

Los auxiliares de cementerio, antes llamados panteoneros, poseen un trabajo que nadie envidia y para el cual no existe una formación, como la de un arquitecto o un ingeniero.

 

Son personas que cumplen, con serenidad y en silencio, los últimos rituales de un funeral, cuando los difuntos llegan a su última morada.

 

La funeraria nacional le abrió las puertas a Dallyana Passailaigue para mostrar a Televistazo estos personajes que conviven con la muerte.

 

El cementerio de San Diego es el segundo más antiguo de Quito y el más grande. Inaugurado en 1872, comprende 8 hectáreas y es Patrimonio Cultural de la Humanidad.

 

Llegué a sus puertas en busca del encargado, Bolívar Guachamín, un hombre que desde hace 23 años se gana la vida cuidando este espacio de muertos.

 

Accedió a compartir una jornada conmigo, de 8 de la mañana a 5 de la tarde. 

 

Con pico y pala en mano, atravesamos 19 pabellones, 8 series de nichos en bloques, tumbas y lápidas.

 

"El entorno es tranquilo, se vive en la ciudad dentro de otra ciudad, hay árboles, jardines y más que todo hay silencio, paz", explicó Bolívar. 

 

Vivir en la ciudad de los muertos. Algo difícil de acostumbrarse, pero necesario.

 

"La muerte es un paso más de la vida, si no es consciente de que el servicio es necesario. Pues, si no hubiera quien entierre los cadáveres, sería una catástrofe", refirió Bolívar. 

 

Llegamos al campo de enterramiento para cavar una fosa en la que pronto ingresará un cuerpo. La fuerza de picar y remover se concentra en la espalda y las rodillas. Aproveché para conversar con Bolívar.

 

-¿Qué es lo más difícil de su trabajo? 

 

"Cuando fallece un familiar, un niño, son circunstancias que nos van cambiando y que a la vez nos vamos a acostumbrando. Gente que grita, que patalea, para nosotros es impactante, pero con el paso del tiempo se va haciendo costumbre", contó Bolívar. 

 

Se cava entre una y dos tumbas por día.

 

Conversación dentro de fosa: 

 

-Bueno, hemos terminado, ¿qué altura tiene?

 

1.60, nos hemos demorado 2 horas y 15 minutos. Luego se procede a poner el ataúd y a tapar con tierra por el lapso de 4 años

 

-¿Y cómo se sale de aquí?

 

Continuamos con la jardinería. 

 

Le dimos forma a los árboles que adornan el camino, podamos el césped que acompaña el descanso eterno; la máquina es pesada, se requiere de habilidad. 

 

Finalmente, fijamos una lápida de mármol, en el lugar asignado para "alguien" en este día. El espacio es alquilado, por lo que se le corcha con cementina que luego será removida. 

 

Bolívar asegura que tiene un trabajo a veces, incomprendido.

 

“Hay gente que viene a enterrar y dicen "no le tapen" o nos van insultando, es el furor que tienen en ese momento la gente o tiene ganas de golpearnos porque se le está enterrando a un familiar, a una persona querida para ellos. Nos empujan, nos quieren golpear, esos son los gajes del oficio", reveló Bolívar. 

 

Bolívar gana el sueldo básico, más beneficios.

 

Las tumbas, más allá de conservar restos, son espejos de recuerdos que reflejan cuánto se ama a los ausentes. Y en el cementerio de San Diego, a la vida solitaria de los muertos olvidados, todas las tardes, un hombre y su acordeón, las visita.

 

Jorge Yunga tiene 40 años tocando el instrumento y desde hace 2 lo hace para los que se han ido. 

 

“Toco cuando un familiar lo necesita, si al muerto le gustaba la música, a unos sí les gusta, a otros no  alcanza para la sopita", compartió Yunga. 

 

Una campana anuncia la llegada de un féretro y nuestra hora de partir. Bolívar se queda por una hora más con los 68.000 habitantes del camposanto. 

 

Y ellos, ellos por una eternidad.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Formulario vía emBluemail
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