Venezuela: Un viaje eléctrico que terminó en apagón

Juen Fernando Guerrero relata en una crónica la travesía azul en territorio venezolano.

El estadio del Deportivo Lara a oscuras.
12 Marzo, 2019, 2:04 pm
Por: Redacción 
“La realidad es más real en blanco y negro”, afirmó el escritor mexicano Octavio Paz.  Y es precisamente esa realidad de Venezuela la que nos llega a los ecuatorianos pero en un solo color, en gris. Para poder conocerla hay que vivirla, viéndola de frente. 
 
La curiosidad de conocer cuál es la situación de Venezuela llega desde el instante en que sabes que te vas. Una vez en el aire, solo esperas ver por la ventanilla del avión para saber con qué te vas a encontrar cuando mires hacia tierra. Aparecen las primeras edificaciones, e inmediatamente sabes que algo raro está pasando.
 
Una sencilla sala con dos personas atendiendo en migración aumentaba aún más la certeza de que estábamos en un país donde la crisis es tan cierta como se dice. Ya en el bus rumbo al hotel, se podían observar calles, muros y casas en mal estado debido a la falta de mantenimiento; pero al mismo tiempo y haciendo contraste, aparecían locales de las grandes cadenas internacionales y autos lujosos. 
 
Al día siguiente, todo marcha bien, el guía turístico -simpatizante del gobierno actual- quiere vender de la mejor manera a su ciudad (Barquisimeto) porque vive de eso, y a pesar de que trata de mostrar lo mejor de ella no todo es color de rosa. Visitar solo dos sitios emblemáticos denota el déficit de oferta turística que hay en el país, o al menos en esa zona. “De esto vivo, no puedo decirles que mi país es lo peor, hay cosas malas, pero también hay muchas buenas.”, comentaba Ernesto, el guía.
 
Visitando uno de los centros comerciales más importantes de la ciudad, cerca de las 17h00 del jueves 7 de marzo se produjo un apagón eléctrico y de inmediato los locales cierran sus puertas como medida de precaución. Ni esto vence la desesperación por vender, pues uno de ellos permite el ingreso de turistas, quienes deseaban comprar la camiseta de la selección venezolana de fútbol, valorada en $11, algo que en Ecuador costaría cerca de $80.
 
En medio de la penumbra, y tras la respectiva conversión de moneda, el negocio se da. Los compradores abandonan el local y las puertas del mismo se vuelven a cerrar.
 
Este viaje tenía un motivo: cubrir el partido entre el Club Sport Emelec y Deportivo Lara por Copa Libertadores, un evento que empezaba a ponerse en duda debido a que el apagón era más grande de lo que nos imaginábamos. El 90% del país se encontraba sin luz.
 
A pesar de esto, nos dirigimos hacia el estadio Metropolitano de Lara, en medio de un camino completamente oscuro, solo con las luces del bus y de las motos de la escolta policial que nos acompañaba. Los retenes policiales durante el trayecto hacían que el nerviosismo dentro de la delegación se sienta aún más.
 
Ya en el estadio, todo parecía indicar que el partido estaba en marcha gracias a la cantidad de generadores de electricidad que había en las afueras del mismo. Una vez adentro del escenario deportivo, y a falta de dos horas para el inicio del encuentro, apareció el primer inconveniente que terminaría siendo el motivo de la postergación del partido: una de las torres de iluminación no encendió nunca. 
 
Tras varias conversaciones entre las autoridades, el partido se postergó para el siguiente día a las 15h00. Parecía una decisión fácil, pero no lo era, ya que nuestro avión (el mismo de Emelec) debía salir dos horas luego de terminado el partido en su horario inicial (a las 02h00 del viernes 8). En ese momento el chárter fue reprogramado para salir a las 02h00 del sábado 9.
 
Caras largas, preocupación e incertidumbre era lo que se podía ver dentro de la delegación de periodistas ecuatorianos, a quienes nos tocaba regresar al hotel nuevamente en búsqueda de una habitación para pasar una noche que no estaba presupuestada. Antes de partir al estadio, nos habíamos despedido de quienes muy cordialmente nos habían atendido, con un “Esperamos verlos pronto”. Ni ellos ni nosotros sabíamos que iba a ser tan pronto.
 
Luego de seis horas sin luz aparecía el primer problema: la inestabilidad del internet. El Wi-Fi del hotel servía por momentos, quienes habían contratado roaming tampoco tenían un buen servicio. A nosotros nos faltaba esto, pero sabíamos que afuera había mucha gente en la calle con necesidades más importantes, buscando comida, agua, hielo, gasolina, y lo básico para vivir.
 
Ya era viernes y amaneciamos nuevamente sin electricidad, ahora casi sin agua y llegaban las malas noticias. A pesar de estar obligados a tener plantas energéticas propias, más del 50% de los hospitales en Venezuela no las tienen, sin energía las máquinas no funcionan y los pacientes más graves son las primeras víctimas.
 
Con la luz del día, el desarrollo del cotejo de fútbol era mucho más factible y nuevamente nos dirigimos hacia el escenario deportivo, en donde esta vez, todo se desarrolló con “normalidad”. Ya finalizado el partido (empate 0-0) y siendo las 18h00, solo nos quedaba esperar 8 horas hasta la salida del avión.
 
A las 20h00 volvieron las caras de preocupación, el hermetismo y los rumores que minutos más tarde terminarían siendo ciertos. Debido a la falta de energía en el aeropuerto y a la falta de seguridad, nuestro avión no podía salir y nuestro destino que era Guayaquil, terminaba siendo nuevamente el hotel de las dos noches anteriores.
 
El hotel nos recibía, pero esta vez no tenía habitaciones disponibles. Muchos ciudadanos locales decidieron ir a pasar la noche en este lugar, ante la falta de servicios básicos en sus casas. Apenas una habitación libre sirvió para que muchos podamos utilizar el baño y cambiarnos. Estuvimos en el restaurant del hotel, en donde quienes nos atendían contaban que ganaban $5 al mes. “Tienen que contar lo que está sucediendo en Venezuela, esto no es normal”, aseguraron Almy y Ricardo, dos jóvenes trabajadores del hotel.
 
Salía el sol y nuestra ilusión de regresar al país volvía. Cuando todo parecía indicar que finalmente íbamos a embarcar, un error logístico/administrativo postergaba nuestro regreso por unas horas más, la placa de nuestro avión había sido mal reportada por los operarios venezolanos y no teníamos autorización para sobrevolar el espacio aéreo colombiano; el malestar entre todos era notorio y la desesperación aumentaba. 
 
Después de tantas idas y vueltas, la delegación del primer plantel de Emelec y los más de 20 periodistas ecuatorianos enrumbábamos nuestro viaje de retorno, un retorno ansiado, de un viaje que empezó como una cobertura periodística deportiva y terminó siendo una experiencia en donde pudimos palpar apenas un poco de lo que el pueblo venezolano sufre. 
 
Nuestro regreso fue un alivio, pero a la vez nos queda la incertidumbre de cómo estarán aquellos venezolanos tan amables que nos acompañaron en nuestra estadía.
 
Juan Fernando Guerrero
“La realidad es más real en blanco y negro”, afirmó el escritor mexicano Octavio Paz.  Y es precisamente esa realidad de Venezuela la que nos llega a los ecuatorianos pero en un solo color, en gris. Para poder conocerla hay que vivirla, viéndola de frente. 
 
La curiosidad de conocer cuál es la situación de Venezuela llega desde el instante en que sabes que te vas. Una vez en el aire, solo esperas ver por la ventanilla del avión para saber con qué te vas a encontrar cuando mires hacia tierra. Aparecen las primeras edificaciones, e inmediatamente sabes que algo raro está pasando.
 
Una sencilla sala con dos personas atendiendo en migración aumentaba aún más la certeza de que estábamos en un país donde la crisis es tan cierta como se dice. Ya en el bus rumbo al hotel, se podían observar calles, muros y casas en mal estado debido a la falta de mantenimiento; pero al mismo tiempo y haciendo contraste, aparecían locales de las grandes cadenas internacionales y autos lujosos. 
 
Al día siguiente, todo marcha bien, el guía turístico -simpatizante del gobierno actual- quiere vender de la mejor manera a su ciudad (Barquisimeto) porque vive de eso, y a pesar de que trata de mostrar lo mejor de ella no todo es color de rosa. Visitar solo dos sitios emblemáticos denota el déficit de oferta turística que hay en el país, o al menos en esa zona. “De esto vivo, no puedo decirles que mi país es lo peor, hay cosas malas, pero también hay muchas buenas.”, comentaba Ernesto, el guía.
 
Visitando uno de los centros comerciales más importantes de la ciudad, cerca de las 17h00 del jueves 7 de marzo se produjo un apagón eléctrico y de inmediato los locales cierran sus puertas como medida de precaución. Ni esto vence la desesperación por vender, pues uno de ellos permite el ingreso de turistas, quienes deseaban comprar la camiseta de la selección venezolana de fútbol, valorada en $11, algo que en Ecuador costaría cerca de $80.
 
En medio de la penumbra, y tras la respectiva conversión de moneda, el negocio se da. Los compradores abandonan el local y las puertas del mismo se vuelven a cerrar.
 
Este viaje tenía un motivo: cubrir el partido entre el Club Sport Emelec y Deportivo Lara por Copa Libertadores, un evento que empezaba a ponerse en duda debido a que el apagón era más grande de lo que nos imaginábamos. El 90% del país se encontraba sin luz.
 
A pesar de esto, nos dirigimos hacia el estadio Metropolitano de Lara, en medio de un camino completamente oscuro, solo con las luces del bus y de las motos de la escolta policial que nos acompañaba. Los retenes policiales durante el trayecto hacían que el nerviosismo dentro de la delegación se sienta aún más.
 
Ya en el estadio, todo parecía indicar que el partido estaba en marcha gracias a la cantidad de generadores de electricidad que había en las afueras del mismo. Una vez adentro del escenario deportivo, y a falta de dos horas para el inicio del encuentro, apareció el primer inconveniente que terminaría siendo el motivo de la postergación del partido: una de las torres de iluminación no encendió nunca. 
 
Tras varias conversaciones entre las autoridades, el partido se postergó para el siguiente día a las 15h00. Parecía una decisión fácil, pero no lo era, ya que nuestro avión (el mismo de Emelec) debía salir dos horas luego de terminado el partido en su horario inicial (a las 02h00 del viernes 8). En ese momento el chárter fue reprogramado para salir a las 02h00 del sábado 9.
 
Caras largas, preocupación e incertidumbre era lo que se podía ver dentro de la delegación de periodistas ecuatorianos, a quienes nos tocaba regresar al hotel nuevamente en búsqueda de una habitación para pasar una noche que no estaba presupuestada. Antes de partir al estadio, nos habíamos despedido de quienes muy cordialmente nos habían atendido, con un “Esperamos verlos pronto”. Ni ellos ni nosotros sabíamos que iba a ser tan pronto.
 
Luego de seis horas sin luz aparecía el primer problema: la inestabilidad del internet. El Wi-Fi del hotel servía por momentos, quienes habían contratado roaming tampoco tenían un buen servicio. A nosotros nos faltaba esto, pero sabíamos que afuera había mucha gente en la calle con necesidades más importantes, buscando comida, agua, hielo, gasolina, y lo básico para vivir.
 
Ya era viernes y amaneciamos nuevamente sin electricidad, ahora casi sin agua y llegaban las malas noticias. A pesar de estar obligados a tener plantas energéticas propias, más del 50% de los hospitales en Venezuela no las tienen, sin energía las máquinas no funcionan y los pacientes más graves son las primeras víctimas.
 
Con la luz del día, el desarrollo del cotejo de fútbol era mucho más factible y nuevamente nos dirigimos hacia el escenario deportivo, en donde esta vez, todo se desarrolló con “normalidad”. Ya finalizado el partido (empate 0-0) y siendo las 18h00, solo nos quedaba esperar 8 horas hasta la salida del avión.
 
A las 20h00 volvieron las caras de preocupación, el hermetismo y los rumores que minutos más tarde terminarían siendo ciertos. Debido a la falta de energía en el aeropuerto y a la falta de seguridad, nuestro avión no podía salir y nuestro destino que era Guayaquil, terminaba siendo nuevamente el hotel de las dos noches anteriores.
 
El hotel nos recibía, pero esta vez no tenía habitaciones disponibles. Muchos ciudadanos locales decidieron ir a pasar la noche en este lugar, ante la falta de servicios básicos en sus casas. Apenas una habitación libre sirvió para que muchos podamos utilizar el baño y cambiarnos. Estuvimos en el restaurant del hotel, en donde quienes nos atendían contaban que ganaban $5 al mes. “Tienen que contar lo que está sucediendo en Venezuela, esto no es normal”, aseguraron Almy y Ricardo, dos jóvenes trabajadores del hotel.
 
Salía el sol y nuestra ilusión de regresar al país volvía. Cuando todo parecía indicar que finalmente íbamos a embarcar, un error logístico/administrativo postergaba nuestro regreso por unas horas más, la placa de nuestro avión había sido mal reportada por los operarios venezolanos y no teníamos autorización para sobrevolar el espacio aéreo colombiano; el malestar entre todos era notorio y la desesperación aumentaba. 
 
Después de tantas idas y vueltas, la delegación del primer plantel de Emelec y los más de 20 periodistas ecuatorianos enrumbábamos nuestro viaje de retorno, un retorno ansiado, de un viaje que empezó como una cobertura periodística deportiva y terminó siendo una experiencia en donde pudimos palpar apenas un poco de lo que el pueblo venezolano sufre. 
 
Nuestro regreso fue un alivio, pero a la vez nos queda la incertidumbre de cómo estarán aquellos venezolanos tan amables que nos acompañaron en nuestra estadía.
 

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