Qatar, el país más rico del mundo pero no el más feliz

¿Qué impacto ha tenido este cambio en la sociedad catarí?

El país más rico del mundo pero no el más feliz
29 Abril, 2014, 11:00 pm
Por: BBCMundo 

 

 

 

 

Hay una sensación de que, en el apuro por crecer, se perdió algo importante.

La vida de la familia catarí está atomizada. Los niños por lo general son criados por niñeras traídas de Filipinas, Nepal o Indonesia, y la brecha cultural es cada vez más amplia entre las distintas generaciones.

Umm Khalaf, una mujer de unos 60 años cuyo rostro está escondido tras la tradicional máscara facial, me describió la "belleza simple" de la vida durante su juventud.

"Es doloroso perder la intimidad familiar", dice.

Bajo la mirada del mundo

En la polvorienta planicie del oeste de Doha, en Umm Al Afai -conocido como el lugar de las serpientes- Ali al Jehani me convida una taza de leche de camello recién ordeñada.

"Antes podías ser rico si trabajabas y si no lo hacías, no", me cuenta mientas saborea un dátil. "El gobierno está tratando de ayudar, pero las cosas están cambiando muy rápido".

Otros coinciden en que los políticos han perdido el contacto con la gente, sobre todo en temas vinculados a los esfuerzos -que algunos consideran corruptos- para que el Mundial 2022 se haga en Qatar, y se inquietan ante la atención inesperada de los medios por los escándalos en torno a la construcción de los estadios.

La periodista Mariam Dahrouj se ajusta su velo mientras me habla de los temores de la gente.

"La gente en Qatar tiene miedo", cuenta. "De repente todo el mundo quiere vernos. Somos una comunidad cerrada, y quieren venir con sus diferencias. ¿Cómo podemos nosotros expresar nuestros valores".

La sociedad catarí está definida por clases, asociadas generalmente a la raza. Es extremadamente desigual.

Si se restablece el equilibrio -como por ejemplo, aboliendo el sistema conocido como kafala, por el cual los inmigrantes trabajan en situación de casi esclavitud, u otorgando la ciudadanía catarí a los inmigrantes- muchos temen que se erosionen la estabilidad y los valores culturales.

Pero la estabilidad aquí ya no es tan sólida y los valores están variando.

A medida que las relaciones regionales con Arabia Saudita y otros vecinos se desmoronan y los corrosivos temores por el impacto del Mundial -para el que aún faltan ocho años- se contagian entre los cataríes, el gobierno puede verse bajo presión para iniciar reformas.

En el mercado de Souk Waqif la gente disfruta de la cálida noche. El mercado es una réplica. El original fue derribado hace una década y reconstruido para parecer antiguo.

Es el único mercado que conozco donde los hombres andan con palas y escobas: aquí la limpieza es otra obsesión.

"Tengan un poco de solidaridad con los cataríes", me dice un antropólogo estadounidense que ha vivido por años en Doha. "Han perdido casi todo lo que les importaba".

 

 

Tomada de la BBC

 

 

 

 

Hay una sensación de que, en el apuro por crecer, se perdió algo importante.

La vida de la familia catarí está atomizada. Los niños por lo general son criados por niñeras traídas de Filipinas, Nepal o Indonesia, y la brecha cultural es cada vez más amplia entre las distintas generaciones.

Umm Khalaf, una mujer de unos 60 años cuyo rostro está escondido tras la tradicional máscara facial, me describió la "belleza simple" de la vida durante su juventud.

"Es doloroso perder la intimidad familiar", dice.

Bajo la mirada del mundo

En la polvorienta planicie del oeste de Doha, en Umm Al Afai -conocido como el lugar de las serpientes- Ali al Jehani me convida una taza de leche de camello recién ordeñada.

"Antes podías ser rico si trabajabas y si no lo hacías, no", me cuenta mientas saborea un dátil. "El gobierno está tratando de ayudar, pero las cosas están cambiando muy rápido".

Otros coinciden en que los políticos han perdido el contacto con la gente, sobre todo en temas vinculados a los esfuerzos -que algunos consideran corruptos- para que el Mundial 2022 se haga en Qatar, y se inquietan ante la atención inesperada de los medios por los escándalos en torno a la construcción de los estadios.

La periodista Mariam Dahrouj se ajusta su velo mientras me habla de los temores de la gente.

"La gente en Qatar tiene miedo", cuenta. "De repente todo el mundo quiere vernos. Somos una comunidad cerrada, y quieren venir con sus diferencias. ¿Cómo podemos nosotros expresar nuestros valores".

La sociedad catarí está definida por clases, asociadas generalmente a la raza. Es extremadamente desigual.

Si se restablece el equilibrio -como por ejemplo, aboliendo el sistema conocido como kafala, por el cual los inmigrantes trabajan en situación de casi esclavitud, u otorgando la ciudadanía catarí a los inmigrantes- muchos temen que se erosionen la estabilidad y los valores culturales.

Pero la estabilidad aquí ya no es tan sólida y los valores están variando.

A medida que las relaciones regionales con Arabia Saudita y otros vecinos se desmoronan y los corrosivos temores por el impacto del Mundial -para el que aún faltan ocho años- se contagian entre los cataríes, el gobierno puede verse bajo presión para iniciar reformas.

En el mercado de Souk Waqif la gente disfruta de la cálida noche. El mercado es una réplica. El original fue derribado hace una década y reconstruido para parecer antiguo.

Es el único mercado que conozco donde los hombres andan con palas y escobas: aquí la limpieza es otra obsesión.

"Tengan un poco de solidaridad con los cataríes", me dice un antropólogo estadounidense que ha vivido por años en Doha. "Han perdido casi todo lo que les importaba".