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Guayaquil y sus siete maravillas plasmadas en sellos postales

Redacción

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Martes 03 de Julio de 2012 - 17:24
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En inicio del mes de las fiestas patronales de Guayaquil, los llevamos a conocer las denominadas Siete Maravillas de la Ciudad. Estas imágenes han sido plasmadas en sellos postales conmemorativos emitidos por la empresa Correos del Ecuador.

Son siete las maravillas arquitectónicas que identificaron los guayaquileños. La transformación del Malecón marcó un nuevo inicio en una ciudad que por años estuvo desacostumbrada a sentirse bien consigo misma.

El cambio fue aceptado y asumido. Ahora miles de personas diariamente en sus dos kilómetros y medio lo juegan, lo pasean o lo hacen cómplice de sus furtivas manifestaciones.

La catedral Metropolitana, en la memoria de muchos, es el edificio que siempre ha estado allí. Pero solo tiene 75 años. En ese tiempo se ha constituido en depositario de una profunda religiosidad y es también el neogótico espacio de ruegos y promesas, de perdones y agradecimientos.

Corría 1938 cuando se inauguró el monumento. Al principio, la novedad. Luego, la asimilación del concepto, de todo lo que implicó ese abrazo para la historia de esta Guayaquil, del país y de los paises que estuvieron marcados por las espadas y esas otras armas que fueron las ideas de los libertadores.

El edificio Municipal es otra de las maravillas. Su arquitectura responde a aquello que dan por llamar un renacentismo moderno. Con elementos dóricos y góticos, desde ahí se administra la ciudad.

El barrio de Las Peñas es un ícono de la ciudad. Manifestación viva de sus más antiguos tiempos. Es lo que no se quemó. Desde donde se historió mucho de la Guayaquil moderna que no deja de volver la mirada hacia el primero de sus referentes.

El Malecón del Estero Salado recuperó un espacio que fue importante para el esparcimiento de ese Guayaquil de antes y que se había perdido. Ahora, es un referente de los tiempos modernos que nos avocan, que nos convocan, en los que la ciudad se desenvuelva sin perder el ritmo que impone el desarrollo.

De Londres vino el reloj y lo trajo Vicente Rocafuerte en 1842. No siempre estuvo aquí, en estas calles. Fue en 1934 cuando se lo ubicó definitivamente en esta torre de 30 metros, que con diseños árabes se constituyó en una marca de la ciudad y en una de sus estructuras más preciadas.

Quizás porque ahí se determinan los tiempos de esta Guayaquil, cuyos habitantes definieron  sus siete maravillas arquitectónicas y en ellas su pasado, su presente, su cotidianeidad, sus creencias, el progreso, su belleza y sus futuros.

En inicio del mes de las fiestas patronales de Guayaquil, los llevamos a conocer las denominadas Siete Maravillas de la Ciudad. Estas imágenes han sido plasmadas en sellos postales conmemorativos emitidos por la empresa Correos del Ecuador.

Son siete las maravillas arquitectónicas que identificaron los guayaquileños. La transformación del Malecón marcó un nuevo inicio en una ciudad que por años estuvo desacostumbrada a sentirse bien consigo misma.

El cambio fue aceptado y asumido. Ahora miles de personas diariamente en sus dos kilómetros y medio lo juegan, lo pasean o lo hacen cómplice de sus furtivas manifestaciones.

La catedral Metropolitana, en la memoria de muchos, es el edificio que siempre ha estado allí. Pero solo tiene 75 años. En ese tiempo se ha constituido en depositario de una profunda religiosidad y es también el neogótico espacio de ruegos y promesas, de perdones y agradecimientos.

Corría 1938 cuando se inauguró el monumento. Al principio, la novedad. Luego, la asimilación del concepto, de todo lo que implicó ese abrazo para la historia de esta Guayaquil, del país y de los paises que estuvieron marcados por las espadas y esas otras armas que fueron las ideas de los libertadores.

El edificio Municipal es otra de las maravillas. Su arquitectura responde a aquello que dan por llamar un renacentismo moderno. Con elementos dóricos y góticos, desde ahí se administra la ciudad.

El barrio de Las Peñas es un ícono de la ciudad. Manifestación viva de sus más antiguos tiempos. Es lo que no se quemó. Desde donde se historió mucho de la Guayaquil moderna que no deja de volver la mirada hacia el primero de sus referentes.

El Malecón del Estero Salado recuperó un espacio que fue importante para el esparcimiento de ese Guayaquil de antes y que se había perdido. Ahora, es un referente de los tiempos modernos que nos avocan, que nos convocan, en los que la ciudad se desenvuelva sin perder el ritmo que impone el desarrollo.

De Londres vino el reloj y lo trajo Vicente Rocafuerte en 1842. No siempre estuvo aquí, en estas calles. Fue en 1934 cuando se lo ubicó definitivamente en esta torre de 30 metros, que con diseños árabes se constituyó en una marca de la ciudad y en una de sus estructuras más preciadas.

Quizás porque ahí se determinan los tiempos de esta Guayaquil, cuyos habitantes definieron  sus siete maravillas arquitectónicas y en ellas su pasado, su presente, su cotidianeidad, sus creencias, el progreso, su belleza y sus futuros.

 

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