El rastro de JJ

Amante de la noche, de los boleros bien cantados, de las mujeres bonitas y de tomarse un trago con sus amigos; Julio Alfredo cobraba vida cuando la ciudad comenzaba a dormir. Como buen bohemio que fue, amaba la buena conversa, el chiste contado con picardía y el brindar un trago a un conocido. Las cantinas donde pasó horas son hoy talleres, almacenes o están en arriendo; pero en la memoria del barrio, de la gente, del pueblo siempre serán los templos donde cantó el más bacán de los cantantes que ha parido esta tierra.

A los 19 años, Julio Jaramillo era una estrella criolla, sobre todo después de los dúos con Fresia Saavedra, la que cariñosamente lo llamaba “Barrigache” por su prominente barriga, sus cachetes rellenos y la papada en crecimiento.

Su naciente fama ya trascendía fronteras, por lo que recibió un contrato para realizar varias presentaciones en México. Cuando se presentó al aeropuerto con su boleto en mano, no logró pasar el control militar que se hacía en ese tiempo, su nombre constaba en el libro de remisos, por lo que fue detenido y trasladado al cuartel.

De nada le valió ser una leyenda naciente, tampoco sirvieron los pedidos de Francisco Feraud Aroca, su representante, el cantante fue destinado al Batallón de Infantería # 3.

A ese recinto llegó el ídolo y los demás conscriptos lo reconocieron y pensaron, ingenuos, que se trataba de una sorpresa de sus oficiales y que tendrían un concierto en el cuartel.

Cuando Julio entró a la peluquería y fue rapado a mate, la decepción fue doble, el cantante supo que su estadía en el lugar sería prolongada y sus compañeros entendieron que la única música que escucharían sería el toque de Diana y de Trompeta.

Barrigache la pasó mal en el servicio militar. Al ser parte de una unidad de infantería, el ejercicio físico era constante y muy duro. El cantante nunca fue deportista y, es más, su infancia fue marcada por enfermedades y debilidad. Además su cuerpo le pasó factura por el sobrepeso, las noches de bohemia y su afición al alcohol y al tabaco.

La disciplina militar lo ayudó a ordenar su vida, a dejar la bohemia y los vicios y, sobre todo, a dormir temprano y completo, pues terminaba agotado tras la jornada de ejercicios y entrenamiento.

En las pocas horas que la vida militar le daba tregua, el conscripto Jaramillo cantaba para sus compañeros o para los superiores. Poco a poco se ganó la confianza de oficiales que lo comenzaron a llevar a fiestas o a serenatas.

La poca disciplina que había comenzado a tener se derrumbó. Volvió por la puerta grande a la bebida, la bohemia, el tabaco y las mujeres.

Su triunfo personal fue conseguir que lo saquen de la brigada de infantería y lo destinen a la Segunda Zona Militar. Pasó del campo de ejercicios a una oficina, del infierno al cielo.

Atrás quedaron las horas de trote y ejercicios físicos, ahora era ordenanza, es decir, el muchacho al que superiores y oficiales le piden de todo, desde entregar correspondencia hasta ir a comprar algo a una tienda cercana, pasando por barrer pisos o lavar autos.

Jaramillo aprovechó su vida relajada y acentuó sus escapadas con oficiales a cantar y a trasnochar. Por momento se le olvidaba que era un conscripto y volvía a ser ese ídolo de multitudes, por lo que pasaba por encima de las órdenes de sus superiores.

La “insurgencia” era compensada a través de jornadas de canto y bohemia. Pero hubo una desobediencia que no tuvo perdón, un coronel le pidió lavar su auto y el cadete Jaramillo se fue de rumba en el vehículo.

Al final, el castigo para Jaramillo fue enviarlo a El Oro a cumplir lo que le quedaba de servicio militar obligatorio, que era muy poco y que tuvo la tónica de lo que sucedió en Guayaquil: poca disciplina castrense y mucha bohemia.

Así fue el paso de Barrigache por el cuartel, una de las facetas menos conocidas de la vida del cantante.

Julio Jaramillo, en el corazón del pueblo