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Hoy Soy: Carmelita (Primera parte)

Redacción

jesuarez

|

Jueves 07 de Mayo de 2015 - 22:22
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  • QUITO.- Dallyana Paissalague, hoy es "aspirante a Carmelita descalza", que es la oportunidad que se les da a las jóvenes que creen tener la vocación para participar de la vida de contemplación. Fotos: Captura Video.
QUITO.- Dallyana Paissalague, hoy es "aspirante a Carmelita descalza", que es la oportunidad que se les da a las jóvenes que creen tener la vocación para participar de la vida de contemplación. Fotos: Captura Video.
Por primera vez, el Convento del Carmen bajo abrió sus puertas a las cámaras de televisión.
 
Dallyana Paissalague, hoy es "aspirante a Carmelita descalza", que es la oportunidad que se les da a las jóvenes que creen tener la vocación para participar de la vida de contemplación, y confirmar, sin compromiso, sus aptitudes para la entrega absoluta a Dios. 
 
A continuación los secretos que esconde el claustro.
 
¿Cómo atravesar los altos muros de un claustro como el monasterio del Carmen bajo y conocer los secretos que éstos esconden?
 
La única forma era convirtiéndome en aspirante a “Carmelita descalza”.
 
Lo logré. Y a las cinco de la mañana de un viernes, estaba yo despertando en mi celda del noviciado y respondiendo al primer llamado.
 
El convento del Carmen bajo fue fundado en 1669. Hoy en 2015, la orden de las carmelitas descalzas nos abre sus puertas para conocer más de este mundo escondido.
 
Tan solo con la biblia en las manos atravesamos los largos y fríos pasillos que nos conducirían al coro alto, lugar de la primera hora de oración. Empezamos con canto, siempre con canto.
 
Las hermanas, una a una, se ubican en el centro, frente a la cruz y comparten lecturas bíblicas. Con susurros que van indicando qué hacer. Llega mi turno.
 
-"Sabed que el señor es Dios, que él nos hizo y somos suyos”.
 
Amanece. Es momento de orar. Sesenta minutos de rodillas, con uno mismo y con Dios.
 
El silencio y la solemnidad son penetrantes.
 
Se retiran. 
 
Dos nos quedamos haciendo sonar las campanas que anuncian la eucaristía. Cada acto inunda de vibración el cuerpo.
 
Caminamos sin pausa pero sin prisa, pasando por escaleras y pasillos hasta llegar al coro bajo: una recámara equipada con órgano, micrófonos, amplificadores, parlantes y sillas, que se encuentra separada de la iglesia, esa sí abierta al público, por una red gruesa, pesada, y café. 
 
A través de una puertita de madera y en fila, recibimos la comunión. Desde aquí, apenas se pueden percibir las obras de arte que guarda esta capilla, repleta de símbolos religiosos. Son tiempos especiales para el carmelo: este año se celebra el quinto centenario del nacimiento de su fundadora, Santa Teresa de Ávila. 
 
En silencio, siempre en silencio, nos retiramos para volver al coro alto, a la acción de gracias. Son 10 minutos a los que llaman la hora intermedia. 
 
Más canto, más rezos y apenas son las 8 de la mañana.
 
Con algo de hambre ya, vamos al desayuno, por un camino largo que conduce al refectorio, nombre que se la da al comedor. 
 
A la entrada, un frasco de agua bendita espera para mojar nuestro dedo medio y persignarnos.
 
Una mesa tipo bufete ofrece alimentos sencillos. Se come en absoluto y cómodo silencio.
 
En este punto, cada una de las hermanas se va a su oficio, ya sea bordar, restaurar, asear o cocinar. 
 
A mi me corresponde aprender a hacer bizcochos, una de las especialidades de las carmelitas. 
 
-“A ver madre enséñeme, yo no soy muy buena en la cocina”
 
“Ahora vas a aprender”, respondió la madre Raquel de Santa Teresita, priora del monasterio Carmen bajo.
 
Mientras la madre superiora Raquel, me enseña con paciencia, aprovecho para conversar con ella.
 
-“Cuántos años lleva aquí?”.
 
-“Yo tengo la dicha ya de estar 38 años en el convento y voy a cumplir 55 de vida”, respondió la madre superiora. 
 
-“¿Vino a los 16?”
 
-“Sí, la primera vez vine a ver cómo era esto, a los dos días de haber cumplido. Con mucha ilusión me recibieron las monjitas. Pero cuando preguntaron que edad tenía y dije 16 años, me dijeron que no me podían recibir porque debía tener 18 años”, explicó la religiosa 
 
Después de muchas tentaciones que debió afrontar, dice que el señor venció.
 
“Él me regaló esta vocación y desde que entré, siempre he sido muy feliz y sigo siéndolo, pues que más puedo pedir", aseveró la madre Raquel. 
 
Los bizcochos se venden en exposiciones, festividades y bajo pedido.
 
Una campana anuncia el rezo del medio día, debo apresurarme a mi celda del noviciado para la "lexio", o lectura divina: oración de reflexión con la palabra de Dios.
 
"Ya hijas, habéis visto la gran empresa que podemos ganar, qué tales habremos de ser para que en los ojos de Dios y del mundo, no nos tengan por muy atrevidas", reza el escrito. 
 
Me queda por contarles qué ocurre en el resto del día, qué saben del mundo exterior, cuándo pueden salir y cómo asumen las carmelitas éste, que ellas llaman “matrimonio con el Señor”. 
 
Esta historia continuará.
 

Por primera vez, el Convento del Carmen bajo abrió sus puertas a las cámaras de televisión.

 

Dallyana Paissalague, hoy es "aspirante a Carmelita descalza", que es la oportunidad que se les da a las jóvenes que creen tener la vocación para participar de la vida de contemplación, y confirmar, sin compromiso, sus aptitudes para la entrega absoluta a Dios. 

 

A continuación los secretos que esconde el claustro.

 

¿Cómo atravesar los altos muros de un claustro como el monasterio del Carmen bajo y conocer los secretos que éstos esconden?

 

La única forma era convirtiéndome en aspirante a “Carmelita descalza”.

 

Lo logré. Y a las cinco de la mañana de un viernes, estaba yo despertando en mi celda del noviciado y respondiendo al primer llamado.

 

El convento del Carmen bajo fue fundado en 1669. Hoy en 2015, la orden de las carmelitas descalzas nos abre sus puertas para conocer más de este mundo escondido.

 

Tan solo con la biblia en las manos atravesamos los largos y fríos pasillos que nos conducirían al coro alto, lugar de la primera hora de oración. Empezamos con canto, siempre con canto.

 

Las hermanas, una a una, se ubican en el centro, frente a la cruz y comparten lecturas bíblicas. Con susurros que van indicando qué hacer. Llega mi turno.

 

-"Sabed que el señor es Dios, que él nos hizo y somos suyos”.

 

Amanece. Es momento de orar. Sesenta minutos de rodillas, con uno mismo y con Dios.

 

El silencio y la solemnidad son penetrantes.

 

Se retiran. 

 

Dos nos quedamos haciendo sonar las campanas que anuncian la eucaristía. Cada acto inunda de vibración el cuerpo.

 

Caminamos sin pausa pero sin prisa, pasando por escaleras y pasillos hasta llegar al coro bajo: una recámara equipada con órgano, micrófonos, amplificadores, parlantes y sillas, que se encuentra separada de la iglesia, esa sí abierta al público, por una red gruesa, pesada, y café. 

 

A través de una puertita de madera y en fila, recibimos la comunión. Desde aquí, apenas se pueden percibir las obras de arte que guarda esta capilla, repleta de símbolos religiosos. Son tiempos especiales para el carmelo: este año se celebra el quinto centenario del nacimiento de su fundadora, Santa Teresa de Ávila. 

 

En silencio, siempre en silencio, nos retiramos para volver al coro alto, a la acción de gracias. Son 10 minutos a los que llaman la hora intermedia. 

 

Más canto, más rezos y apenas son las 8 de la mañana.

 

Con algo de hambre ya, vamos al desayuno, por un camino largo que conduce al refectorio, nombre que se la da al comedor. 

 

A la entrada, un frasco de agua bendita espera para mojar nuestro dedo medio y persignarnos.

 

Una mesa tipo bufete ofrece alimentos sencillos. Se come en absoluto y cómodo silencio.

 

En este punto, cada una de las hermanas se va a su oficio, ya sea bordar, restaurar, asear o cocinar. 

 

A mi me corresponde aprender a hacer bizcochos, una de las especialidades de las carmelitas. 

 

-“A ver madre enséñeme, yo no soy muy buena en la cocina”

 

“Ahora vas a aprender”, respondió la madre Raquel de Santa Teresita, priora del monasterio Carmen bajo.

 

Mientras la madre superiora Raquel, me enseña con paciencia, aprovecho para conversar con ella.

 

-“Cuántos años lleva aquí?”.

 

-“Yo tengo la dicha ya de estar 38 años en el convento y voy a cumplir 55 de vida”, respondió la madre superiora. 

 

-“¿Vino a los 16?”

 

-“Sí, la primera vez vine a ver cómo era esto, a los dos días de haber cumplido. Con mucha ilusión me recibieron las monjitas. Pero cuando preguntaron que edad tenía y dije 16 años, me dijeron que no me podían recibir porque debía tener 18 años”, explicó la religiosa 

 

Después de muchas tentaciones que debió afrontar, dice que el señor venció.

 

“Él me regaló esta vocación y desde que entré, siempre he sido muy feliz y sigo siéndolo, pues que más puedo pedir", aseveró la madre Raquel. 

 

Los bizcochos se venden en exposiciones, festividades y bajo pedido.

 

Una campana anuncia el rezo del medio día, debo apresurarme a mi celda del noviciado para la "lexio", o lectura divina: oración de reflexión con la palabra de Dios.

 

"Ya hijas, habéis visto la gran empresa que podemos ganar, qué tales habremos de ser para que en los ojos de Dios y del mundo, no nos tengan por muy atrevidas", reza el escrito. 

 

Me queda por contarles qué ocurre en el resto del día, qué saben del mundo exterior, cuándo pueden salir y cómo asumen las carmelitas éste, que ellas llaman “matrimonio con el Señor”. 

 

Esta historia continuará.

 

 

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