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Postales desde la tumba

Redacción

tmenendez

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Jueves 09 de Abril de 2015 - 15:15
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Por Allen Panchana Macay
 
Hay historias que deben ser contadas, aunque duelan. Es la única manera de no olvidar y de gritar al mundo para que no se vuelvan a repetir. 
 
“Yo he sobrevivido, muchos otros no. He sobrevivido del mismo modo que ellos murieron. Entre mi supervivencia y su muerte no hay ninguna diferencia, porque permanezco vivo en un mundo que está marcado para siempre, indeleblemente, por su muerte”. Emir Suljagić ha sido el primer sobreviviente que narra en un libro la tragedia de Srebrenica de 1995, la peor en suelo europeo desde la Segunda Guerra Mundial. 
 
Un genocidio que cumple 20 años y ocurrió al este de Bosnia Herzegovina. El testimonio está plasmado en 209 páginas. La obra se titula “Postales desde la tumba” (Círculo de Lectores, 2007). Cada línea es demoledora. “El invierno llegó pronto aquel año y fue más cruel que nunca antes o después. El frío y el hambre paralizantes se llevaron un tributo mayor que las granadas. Los cementerios se extendían, y cuando en los viejos no hubo sitio, se hicieron otros nuevos. Todos los días brotaban túmulos, y el bosque de lápidas crecía. Nos acostumbramos a ver morir a los demás”. 
 
Emir Suljagić tenía apenas 20 años. Y es uno de los pocos hombres que no fue asesinado, quizá gracias a su papel como traductor de los cascos azules holandeses que estaban destinados en Srebrenica, un enclave controlado por la ONU.  Pero en siete días de barbarie, en julio de 1995, se convirtió en un infierno. 8.372 personas fueron asesinadas. Un genocidio que revive cada página de este demoledor libro. 
 
Dos décadas después,  más de 2.600 restos aún faltan por hallar o identificar. Se han encontrado huesos de una misma persona hasta en once fosas comunes distintas; los asesinos removieron con tractores los muertos, de un lugar a otro, para esconderlos y no dejar huellas. 
 
A finales del siglo XX el mundo asistía, impasible, a una guerra transmitida en directo desde Los Balcanes, en una entonces Yugoslavia multiétnica que se resquebrajaba a sangre y fuego. Se volvieron a escuchar palabras como asedio, refugiados, limpieza étnica, campos de concentración. Los bosnios eran los blancos de ataque, ya fueran musulmanes, ortodoxos, católicos o judíos. Las primeras líneas de fuego podían estar en la cola para recibir el agua, comprar el pan, en los mercados e incluso hospitales. 
 
Como periodista, me tocó estar en Bosnia en 2013. Por eso, reseñar este libro no me es fácil. Srebrenica está rodeada de montañas, árboles y un trinar de pájaros incesante; atravesada por un río de aguas mansas y transparentes,  y donde las huellas de la guerra, sin embargo, se ven en cada esquina: en las viviendas destruidas o vacías; en los ventanales rotos; en los hoteles abandonados,  en las calles agujereadas y en los edificios mordidos por metrallas. Ya nada queda del otrora valle turístico, hoy marcado por la barbarie.
 
“La gente desaparecía, lo considerábamos un lugar común del horror general y recibíamos fríamente la noticia de que alguien a quien conocíamos, al que ayer habíamos visto, había sido asesinado (…) Nosotros nunca llamamos a Srebrenica enclave, porque no tenía nada que ver con nuestra realidad. La llamábamos caldera, fin del mundo, apéndice…”. 
 
Enclave. La palabra se escribe igual en varios idiomas y significa “territorio incluido en otro con diferentes características políticas y administrativas”. El enclave resultó una ironía. Cuando los soldados y paramilitares serbo-bosnios llegaron, los habitantes corrieron desesperados hasta la sede de las Fuerzas de Protección de Naciones Unidas (Unprofor), donde vivían los 400 militares cascos azules de la ONU,  todos holandeses. El edificio, hoy envejecido, destrozado y de paredes plagadas de grafitis, está  a seis kilómetros del centro de Srebrenica.  
 
Al mando de las tropas asesinas estaba el general Ratko Mladic. Y la ONU accedió a su pedido: entregó a los varones para que los liquiden. La ONU permitió el genocidio para salvar la vida de sus 400 cascos azules. Mataron a 8.372 bosnios y también la esperanza de un pueblo que hoy, 20 años después, luce vacío y triste. 
 
¿Por qué leer “Postales desde la tumba”? Para no olvidar. Para aprender de los errores y para defender la vida. 
 
 
Este texto está clasificado como un ESPACIO de OPINIÓN.
 

Por Allen Panchana Macay

[email protected]

 

Hay historias que deben ser contadas, aunque duelan. Es la única manera de no olvidar y de gritar al mundo para que no se vuelvan a repetir. 

 

“Yo he sobrevivido, muchos otros no. He sobrevivido del mismo modo que ellos murieron. Entre mi supervivencia y su muerte no hay ninguna diferencia, porque permanezco vivo en un mundo que está marcado para siempre, indeleblemente, por su muerte”. Emir Suljagić ha sido el primer sobreviviente que narra en un libro la tragedia de Srebrenica de 1995, la peor en suelo europeo desde la Segunda Guerra Mundial. 

 

Un genocidio que cumple 20 años y ocurrió al este de Bosnia Herzegovina. El testimonio está plasmado en 209 páginas. La obra se titula “Postales desde la tumba” (Círculo de Lectores, 2007). Cada línea es demoledora. “El invierno llegó pronto aquel año y fue más cruel que nunca antes o después. El frío y el hambre paralizantes se llevaron un tributo mayor que las granadas. Los cementerios se extendían, y cuando en los viejos no hubo sitio, se hicieron otros nuevos. Todos los días brotaban túmulos, y el bosque de lápidas crecía. Nos acostumbramos a ver morir a los demás”. 

 

Emir Suljagić tenía apenas 20 años. Y es uno de los pocos hombres que no fue asesinado, quizá gracias a su papel como traductor de los cascos azules holandeses que estaban destinados en Srebrenica, un enclave controlado por la ONU.  Pero en siete días de barbarie, en julio de 1995, se convirtió en un infierno. 8.372 personas fueron asesinadas. Un genocidio que revive cada página de este demoledor libro. 

 

Dos décadas después,  más de 2.600 restos aún faltan por hallar o identificar. Se han encontrado huesos de una misma persona hasta en once fosas comunes distintas; los asesinos removieron con tractores los muertos, de un lugar a otro, para esconderlos y no dejar huellas. 

 

A finales del siglo XX el mundo asistía, impasible, a una guerra transmitida en directo desde Los Balcanes, en una entonces Yugoslavia multiétnica que se resquebrajaba a sangre y fuego. Se volvieron a escuchar palabras como asedio, refugiados, limpieza étnica, campos de concentración. Los bosnios eran los blancos de ataque, ya fueran musulmanes, ortodoxos, católicos o judíos. Las primeras líneas de fuego podían estar en la cola para recibir el agua, comprar el pan, en los mercados e incluso hospitales. 

 

Como periodista, me tocó estar en Bosnia en 2013. Por eso, reseñar este libro no me es fácil. Srebrenica está rodeada de montañas, árboles y un trinar de pájaros incesante; atravesada por un río de aguas mansas y transparentes,  y donde las huellas de la guerra, sin embargo, se ven en cada esquina: en las viviendas destruidas o vacías; en los ventanales rotos; en los hoteles abandonados,  en las calles agujereadas y en los edificios mordidos por metrallas. Ya nada queda del otrora valle turístico, hoy marcado por la barbarie.

 

“La gente desaparecía, lo considerábamos un lugar común del horror general y recibíamos fríamente la noticia de que alguien a quien conocíamos, al que ayer habíamos visto, había sido asesinado (…) Nosotros nunca llamamos a Srebrenica enclave, porque no tenía nada que ver con nuestra realidad. La llamábamos caldera, fin del mundo, apéndice…”. 

 

Enclave. La palabra se escribe igual en varios idiomas y significa “territorio incluido en otro con diferentes características políticas y administrativas”. El enclave resultó una ironía. Cuando los soldados y paramilitares serbo-bosnios llegaron, los habitantes corrieron desesperados hasta la sede de las Fuerzas de Protección de Naciones Unidas (Unprofor), donde vivían los 400 militares cascos azules de la ONU,  todos holandeses. El edificio, hoy envejecido, destrozado y de paredes plagadas de grafitis, está  a seis kilómetros del centro de Srebrenica.  

 

Al mando de las tropas asesinas estaba el general Ratko Mladic. Y la ONU accedió a su pedido: entregó a los varones para que los liquiden. La ONU permitió el genocidio para salvar la vida de sus 400 cascos azules. Mataron a 8.372 bosnios y también la esperanza de un pueblo que hoy, 20 años después, luce vacío y triste. 

 

¿Por qué leer “Postales desde la tumba”? Para no olvidar. Para aprender de los errores y para defender la vida. 

 

 

Este texto está clasificado como un ESPACIO de OPINIÓN.

 

 

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