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Viajes con Heródoto

Redacción

tmenendez

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Jueves 12 de Marzo de 2015 - 17:12
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Por Allen Panchana Macay
 
No hay nada peor para un periodista que perder la capacidad de asombro. Quedarse impávido ante un hecho que puede ser noticia equivale a morir. Ver gente padecer de hambre, violencia u olvido, y no sentir nada, ni siquiera el impulso de contar sus historias, significa que no tenemos la madera para el oficio. 
 
Por suerte, Viajes con Heródoto (Anagrama, 2006) es una muestra de ese periodismo comprometido con la humanidad y con los más necesitados. Su autor no podía ser el mejor: Ryszard Kapuściński (1932-2007), ensayista, historiador y, ante todo, periodista polaco, que se ha convertido en referente de la profesión.  
 
El libro narra las experiencias del experimentado reportero en sus viajes por el mundo. Conmueve leer aquellas líneas de Kapuściński cuando, por ejemplo, ve a una mujer sin comida en el metro de la India. O cuando llega, en 1957, a la tierra de Mao: “Llegué a China a pie. Primero, después de hacer escala en Amsterdam y Tokyo, aterricé en Hong Kong. Desde allí, un tren local me llevó a una pequeña estación en  medio del campo desde la cual, me dijeron, llegaría a China. En efecto, cuando bajé al andén se me acercaron un revisor y un policía y señalaron hacia un puente lejano, pero visible en el horizonte, y el policía me dijo, en inglés: ¡China!”. 
 
La obra, aunque de fácil lectura, es de compleja clasificación. Parece un reportaje, también un libro de crónicas y viajes e incluso un ensayo antropológico. Kapuściński retrata lo que vive, con una documentación exhaustiva y profundas reflexiones. Tal como lo hacía Heródoto, el griego considerado padre de la historiografía. Lo anecdótico del periodista polaco es que en su equipaje lo acompañaba un viejo libro, Historia de Heródoto, que inspiró el título de su obra. Kapuściński se convierte sin duda en el mejor discípulo de Heródoto. 
 
Y uno de los aciertos del libro es la descripción, para que el lector se sienta parte de una aventura: “¡La vieja Delhi! Sus estrechas calles inundadas de polvo, de un calor infernal y del asfixiante olor a fermentación propia de los trópicos. Y las muchedumbres: ese silencioso trasiego de personas que aparecen y desaparecen, y sus rostros: oscuros, húmedos, anónimos, impenetrables”. 
 
Encontrará magníficas historias no ficticias, trágicas y divertidas, en las que los soldados de Salamina conviven con un niño sin zapatos en la Varsovia de 1942, los defensores de las Termópilas de Leónidas con los pescadores del Bodrum-Halicarnaso de 2003. Más que un libro de viajes esta sagaz narración es un canto de amor al mundo. 
 
 
Este texto está clasificado como un ESPACIO de OPINIÓN.
 
 

Por Allen Panchana Macay

[email protected]

 

No hay nada peor para un periodista que perder la capacidad de asombro. Quedarse impávido ante un hecho que puede ser noticia equivale a morir. Ver gente padecer de hambre, violencia u olvido, y no sentir nada, ni siquiera el impulso de contar sus historias, significa que no tenemos la madera para el oficio. 

 

Por suerte, Viajes con Heródoto (Anagrama, 2006) es una muestra de ese periodismo comprometido con la humanidad y con los más necesitados. Su autor no podía ser el mejor: Ryszard Kapuściński (1932-2007), ensayista, historiador y, ante todo, periodista polaco, que se ha convertido en referente de la profesión.  

 

El libro narra las experiencias del experimentado reportero en sus viajes por el mundo. Conmueve leer aquellas líneas de Kapuściński cuando, por ejemplo, ve a una mujer sin comida en el metro de la India. O cuando llega, en 1957, a la tierra de Mao: “Llegué a China a pie. Primero, después de hacer escala en Amsterdam y Tokyo, aterricé en Hong Kong. Desde allí, un tren local me llevó a una pequeña estación en  medio del campo desde la cual, me dijeron, llegaría a China. En efecto, cuando bajé al andén se me acercaron un revisor y un policía y señalaron hacia un puente lejano, pero visible en el horizonte, y el policía me dijo, en inglés: ¡China!”. 

 

La obra, aunque de fácil lectura, es de compleja clasificación. Parece un reportaje, también un libro de crónicas y viajes e incluso un ensayo antropológico. Kapuściński retrata lo que vive, con una documentación exhaustiva y profundas reflexiones. Tal como lo hacía Heródoto, el griego considerado padre de la historiografía. Lo anecdótico del periodista polaco es que en su equipaje lo acompañaba un viejo libro, Historia de Heródoto, que inspiró el título de su obra. Kapuściński se convierte sin duda en el mejor discípulo de Heródoto. 

 

Y uno de los aciertos del libro es la descripción, para que el lector se sienta parte de una aventura: “¡La vieja Delhi! Sus estrechas calles inundadas de polvo, de un calor infernal y del asfixiante olor a fermentación propia de los trópicos. Y las muchedumbres: ese silencioso trasiego de personas que aparecen y desaparecen, y sus rostros: oscuros, húmedos, anónimos, impenetrables”. 

 

Encontrará magníficas historias no ficticias, trágicas y divertidas, en las que los soldados de Salamina conviven con un niño sin zapatos en la Varsovia de 1942, los defensores de las Termópilas de Leónidas con los pescadores del Bodrum-Halicarnaso de 2003. Más que un libro de viajes esta sagaz narración es un canto de amor al mundo. 

 

 

Este texto está clasificado como un ESPACIO de OPINIÓN.

 

 

 

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