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La invención de la soledad

Redacción

tmenendez

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Jueves 05 de Marzo de 2015 - 17:27
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Por Allen Panchana Macay
 
Paul Auster hace de la nostalgia su mejor obra. La invención de la soledad, cuya primera edición vio la luz en 1982, está llena de los recuerdos más íntimos del escritor estadounidense (Nueva Jersey, 1947). 
 
Episodios que duelen, que marcan y que nunca se borrarán de la memoria. Una mañana de 1979 Auster se entera de que su padre ha muerto. Y comienza a escribir. “Fue el comienzo de todo”, ha dicho el autor. 
 
El libro de 244 página abre con una frase de Heráclito que resume todo: “Si buscas la verdad, prepárate para lo inesperado, pues es difícil de encontrar y sorprendente cuando la encuentras”. 
 
Paul Auster hace un barrido de su memoria. Sin éxito… Porque recordar el volver a vivir y no necesariamente limpiar. La muerte de su padre le pega hondo: “Un día hay vida. Por ejemplo, un hombre de excelente salud, ni siquiera viejo, sin ninguna enfermedad previa. Todo es como era, como será siempre. Para un día y otro, ocupándose solo de sus asuntos y soñando con la vida que le queda por delante. Y entonces, de repente, aparece la muerte”. 
 
La invención de la soledad es el germen de todo el universo literario de Auster. La obra se divide en dos partes. La primera, titulada Retrato de un hombre invisible, relata un misterioso asesinato ocurrido en la familia 70 años antes, un episodio que permite sospechar las claves del frío y distante carácter del padre muerto. La segunda parte es El libro de la memoria, en la que el escritor reflexiona sobre su rol de hijo con su propia paternidad, la soledad y de un tiempo distante: “Colocar una hoja en blanco sobre la mesa y escribe estas palabras con su pluma: Fue. Nunca volverá a ser”. 
 
Auster escribió esta novela en su lugar más mítico, el cuarto del número 6 de la calle Varick, aquella buhardilla neoyorquina en la que una sola persona llenaba la estancia y dos la volvían sofocante, lo que no fue inconveniente para que en la habitación cupiera “un universo entero, una cosmología en miniatura que contenía en sí misma lo más extenso, distante y desconocido” y en definitiva el mundo interior de un hombre que iba a ser escritor. “El cielo es azul, negro, gris y amarillo. El cielo no está allí y es rojo. Todo esto ocurrió ayer, todo esto ocurrió hace cien años. El cielo es blanco, huele a tierra y no está allí”. 
 
Este texto está clasificado como un ESPACIO de OPINIÓN.
 
 

Por Allen Panchana Macay

[email protected]

 

Paul Auster hace de la nostalgia su mejor obra. La invención de la soledad, cuya primera edición vio la luz en 1982, está llena de los recuerdos más íntimos del escritor estadounidense (Nueva Jersey, 1947). 

 

Episodios que duelen, que marcan y que nunca se borrarán de la memoria. Una mañana de 1979 Auster se entera de que su padre ha muerto. Y comienza a escribir. “Fue el comienzo de todo”, ha dicho el autor. 

 

El libro de 244 página abre con una frase de Heráclito que resume todo: “Si buscas la verdad, prepárate para lo inesperado, pues es difícil de encontrar y sorprendente cuando la encuentras”. 

 

Paul Auster hace un barrido de su memoria. Sin éxito… Porque recordar el volver a vivir y no necesariamente limpiar. La muerte de su padre le pega hondo: “Un día hay vida. Por ejemplo, un hombre de excelente salud, ni siquiera viejo, sin ninguna enfermedad previa. Todo es como era, como será siempre. Para un día y otro, ocupándose solo de sus asuntos y soñando con la vida que le queda por delante. Y entonces, de repente, aparece la muerte”. 

 

La invención de la soledad es el germen de todo el universo literario de Auster. La obra se divide en dos partes. La primera, titulada Retrato de un hombre invisible, relata un misterioso asesinato ocurrido en la familia 70 años antes, un episodio que permite sospechar las claves del frío y distante carácter del padre muerto. La segunda parte es El libro de la memoria, en la que el escritor reflexiona sobre su rol de hijo con su propia paternidad, la soledad y de un tiempo distante: “Colocar una hoja en blanco sobre la mesa y escribe estas palabras con su pluma: Fue. Nunca volverá a ser”. 

 

Auster escribió esta novela en su lugar más mítico, el cuarto del número 6 de la calle Varick, aquella buhardilla neoyorquina en la que una sola persona llenaba la estancia y dos la volvían sofocante, lo que no fue inconveniente para que en la habitación cupiera “un universo entero, una cosmología en miniatura que contenía en sí misma lo más extenso, distante y desconocido” y en definitiva el mundo interior de un hombre que iba a ser escritor. “El cielo es azul, negro, gris y amarillo. El cielo no está allí y es rojo. Todo esto ocurrió ayer, todo esto ocurrió hace cien años. El cielo es blanco, huele a tierra y no está allí”. 

 

Este texto está clasificado como un ESPACIO de OPINIÓN.

 

 

 

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