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Baila, baila, baila…

Redacción

tmenendez

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Jueves 26 de Febrero de 2015 - 17:41
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Por Allen Panchana Macay
 
A menudo sueño con el Hotel Delfín. Yo estoy en ese sueño. Es decir, "formo parte" de él como una especie de circunstancia continua. El sueño revela de manera manifiesta que pertenezco a la continuidad del sueño. En este, el Hotel Delfín está deformado. Es más achatado y largo. Tanto que, en lugar de un hotel, parece un larguísimo puente techado. El puente se extiende desde tiempos pretéritos hasta los confines del universo. Y yo estoy en él. Allí, en ese hotel, hay alguien más, alguien que derrama lágrimas. Las derrama por mí”. 
 
El inicio de la novela promete. Son las primeras líneas de Baila, baila, baila, de Haruki Murakami (Kioto, Japón, 1949). Es una de las obras que más he disfrutado del japonés: su prosa sobresaliente enamora, y el mundo onírico que él pinta envuelve. 
 
Cada frase tiene es de honda contundencia. Cada párrafo suena a música. De allí el título, tomado de una canción de los Beach Boys (Dance, dance, dance). La novela, publicada en Japón en 1988 y recién en español en 2012, tiene uno de los mejores finales de Murakami. 
 
No le adelantaré nada. No quiero arruinar la sorpresa, pero no se imagina las cosas que pueden ocurrir en el Hotel Delfín. Alrededor de él es toda la historia: en marzo de 1983, según reseña Tusquets Editores, el joven protagonista, redactor freelance, después de pasar días sombríos, siente la necesidad de volver a ciertos escenarios de su vida para ajustar cuentas con el pasado. Viaja a Sapporo con la intención de alojarse en el Hotel Delfín, donde años atrás pasó una semana con una misteriosa mujer que, inesperadamente, desapareció de su lado. A su llegada descubre que han derribado el hotel y que en su lugar se alza otro, moderno y lujoso. Sin embargo, su estancia allí propicia la aparición de personajes envueltos en un aura de irrealidad. 
 
Baila, baila, baila tiene 453 páginas. Todas valen la pena. Todas lo transportarán a esos mundos paralelos de Murakami. Y, si aún no se anima, los dejo con una de las perlas: "No tienes nada que temer. Estás cansado, lo sé. Cansado y asustado. A todos nos sucede. A veces sentimos que todo es un gran error. Y entonces las piernas se detienen, pero no queda más remedio que bailar y hacer lo mejor que puedas. Deslumbrando a todos...Así que baila, baila mientras no cese la música". 
 
 
 
*Esta columna va dedicada a mi hermano menor y eterno cómplice, Luis Eduardo Panchana Macay, quien me regaló la versión en español de la novela (la edición que primero leí fue en inglés, pero no hay nada mejor que leer en tu idioma nativo). Y también un agradecimiento especial a mi amigo y colega Pedro Ángel Jiménez Noboa (@PJimenezN), con quien he podido compartir las impresiones de esta novela de Murakami.
 
 
Este texto está clasificado como un ESPACIO de OPINIÓN.
 
 

Por Allen Panchana Macay

[email protected]

 

A menudo sueño con el Hotel Delfín. Yo estoy en ese sueño. Es decir, "formo parte" de él como una especie de circunstancia continua. El sueño revela de manera manifiesta que pertenezco a la continuidad del sueño. En este, el Hotel Delfín está deformado. Es más achatado y largo. Tanto que, en lugar de un hotel, parece un larguísimo puente techado. El puente se extiende desde tiempos pretéritos hasta los confines del universo. Y yo estoy en él. Allí, en ese hotel, hay alguien más, alguien que derrama lágrimas. Las derrama por mí”. 

 

El inicio de la novela promete. Son las primeras líneas de Baila, baila, baila, de Haruki Murakami (Kioto, Japón, 1949). Es una de las obras que más he disfrutado del japonés: su prosa sobresaliente enamora, y el mundo onírico que él pinta envuelve. 

 

Cada frase tiene es de honda contundencia. Cada párrafo suena a música. De allí el título, tomado de una canción de los Beach Boys (Dance, dance, dance). La novela, publicada en Japón en 1988 y recién en español en 2012, tiene uno de los mejores finales de Murakami. 

 

No le adelantaré nada. No quiero arruinar la sorpresa, pero no se imagina las cosas que pueden ocurrir en el Hotel Delfín. Alrededor de él es toda la historia: en marzo de 1983, según reseña Tusquets Editores, el joven protagonista, redactor freelance, después de pasar días sombríos, siente la necesidad de volver a ciertos escenarios de su vida para ajustar cuentas con el pasado. Viaja a Sapporo con la intención de alojarse en el Hotel Delfín, donde años atrás pasó una semana con una misteriosa mujer que, inesperadamente, desapareció de su lado. A su llegada descubre que han derribado el hotel y que en su lugar se alza otro, moderno y lujoso. Sin embargo, su estancia allí propicia la aparición de personajes envueltos en un aura de irrealidad. 

 

Baila, baila, baila tiene 453 páginas. Todas valen la pena. Todas lo transportarán a esos mundos paralelos de Murakami. Y, si aún no se anima, los dejo con una de las perlas: "No tienes nada que temer. Estás cansado, lo sé. Cansado y asustado. A todos nos sucede. A veces sentimos que todo es un gran error. Y entonces las piernas se detienen, pero no queda más remedio que bailar y hacer lo mejor que puedas. Deslumbrando a todos...Así que baila, baila mientras no cese la música". 

 

 

 

*Esta columna va dedicada a mi hermano menor y eterno cómplice, Luis Eduardo Panchana Macay, quien me regaló la versión en español de la novela (la edición que primero leí fue en inglés, pero no hay nada mejor que leer en tu idioma nativo). Y también un agradecimiento especial a mi amigo y colega Pedro Ángel Jiménez Noboa (@PJimenezN), con quien he podido compartir las impresiones de esta novela de Murakami.

 

 

Este texto está clasificado como un ESPACIO de OPINIÓN.

 

 

 

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