Por Alfonso Espinosa de los Monteros
Escritor y periodista de origen español, nacionalizado ecuatoriano. Escribió novelas de ambiente marino como La Resaca, un libro de comentarios sobre la situación internacional titulado Mundo en crisis, y La memoria desterrada que fue su primer tomo sobre la vida de Guayaquil en las décadas del 60 y 70.
Alberto fue un hombre muy culto y un lector empedernido. Un intelectual puro que quizo adelantarse a los tiempos. Se destacó en coberturas internacionales y escribiendo artículos especiales para la revista Vistazo. Incursionó en la televisión para dirigir y conducir el noticiero Telemundo.
Tuvo un gran segmento, El club de quejas, donde se convirtió en un activo defensor de la comunidad guayaquileña.
El cine era su pasión.
Estuvo en Alemania revisando la huella del fascismo en los campos de concentración, en Medio Oriente cuando ardía la lucha entre árabes y judíos, y en Bolivia cuando ocurrió la cacería del ‘Che’ Guevara.
Su imaginación iba siempre muy lejos, pero en sus lo que escribía estaba siempre la realidad del hombre, sus conflictos internos, el peso de sus frustraciones y el impulso de sus sueños. El Cristo de nuestras angustias, largometraje basado en el texto del sacerdote Ignacio Rueda, fue un grito de rebeldía reconocido internacionalmente.
Hizo periodismo crítico. Su palabra fue fuerte y resonó en la conciencia de la gente. Se lo acusó de sectario y se ganó amenazas continuas. Como internacionalista dio lecciones en sus comentarios televisivos, que después recopiló en su libro Mundo en crisis.
Alberto tuvo y tiene un pedestal propio. Su recuerdo es imborrable para quienes estuvimos cerca de él y para el gran público que lo siguió noche tras noche, hasta el último minuto de su existencia.
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DESTACADOS
- Alberto era marinero y escuchaba la radio en sus travesías, especialmente un programa de versos que se transmitía en las noches.
- Se lo consideraba un diccionario ambulante. Sus expresiones llegaron a ser asimiladas por su público hasta en las conversaciones de esquina.
- En el estudio solía pasar horas moviendo los reflectores con sus propias manos para lograr la iluminación perfecta.